Seducido por la niñera de mis hijos, una ex-monja
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Tengo que reconocer que desde que
murió mi esposa y aunque me había ocupado de mis dos hijos, también había
llevado una vida bastante desordenada. Durante la semana, los chavales
vivían conmigo pero en cuanto llegaba el fin de semana los dejaba en casa de
mis padres y me dedicaba a salir de juerga con mis amigotes. Nunca había
sido un adonis y con mis cuarenta y cinco años tampoco tenía el cuerpo de un
tío de veinte, pero aun así era raro el sábado en el que una mujer no
despertaba en mi cama.
Recuperando el tiempo perdido, me
había lanzado a la desesperada a vivir la noche. Visitaba los locales
donde se congregaban las separadas y divorciadas de mi edad a encontrar
compañía que me hiciera olvidar lo solo que estaba. Si en un principio me
resultó difícil ligar, poco a poco, fui mejorando y al final con solo verla,
sabía que historia necesitaba una mujer escuchar para poder llevarla a mi
alcoba.
Mi desmadre llegó a tal punto que
incluso recibí una sonora reprimenda de mi padre. El viejo me citó en su casa y
después de decirme que comprendía que buscara una compañera con la que
compartir mi futuro, me soltó una bronca por que ese no era el modo:
-Así no vas a encontrar una esposa,
las tipas con las que te acuestas lo único que buscan es un revolcón.
Sus duras palabras, me indignaron y
pegando un portazo, salí de su casa.
Mi madre en cambio, fue más sutil y
un buen día, me llamó para hablar. Al igual que su marido estaba preocupada por
mi “desubicación” y tocándome la fibra sensible me habló de mis hijos:
-Adela y Jorge necesitan una madre y
viendo que tú eres incapaz de encontrarla, he decidido ayudarte y que al menos
tengan una figura femenina decente en sus vidas y no las pelanduscas como con
las que te diviertes.
Descojonado e incrédulo por igual, le
pregunté:
-¿Me has buscado una esposa?
-Tú eres tonto- respondió- ¡Estoy
hablando de una niñera!
Parcialmente aliviado, dejé que me
explicara que tenía una candidata. Por lo visto le habían hablado de una monja
que acababa de colgar sus hábitos y que andaba buscando un trabajo:
-Es perfecta. Mientras tú te dedicas
a golfear, ella les dará los principios morales que los niños necesitan. Es una
chica joven y sana, que creé en la familia y no como esas desvergonzadas con
las que sales.
La idea me jodió desde un principio
pero no pude negarme cuando mi querida vieja me informó que no volvería a
recoger nunca más a los críos a la salida del colegio.
-Mamá, ¡No puedes hacer eso! ¡Son tus
nietos!
La muy ladina con una sonrisa en sus
labios, contestó:
-Mariana estará encantada haciéndolo…
Me trae a esa mojigata a casa.
Tal y como me había amenazado, mi
vieja me trajo al día siguiente a esa mujer. En cuanto la vi entrar con sus
ropas holgadas y su tono monjil, me di cuenta que era una mujer muy guapa. Sin
rastros de maquillaje, su cara era bellamente dulce. Lo único que me preocupó
fue su juventud porque al fijarme en ella, solo pude pensar que podría
perfectamente ser mi hija.
“No me jodas”, mascullé entre
dientes, “ya tengo bastante con dos para tenerme que ocupar de una tercera”.
Llevando a mi madre a otra
habitación, me quejé de su edad:
-Esa niña es incapaz de educar a mis
hijos. Debería seguir en el colegio en vez de estar trabajando.
-Te equivocas- respondió- aunque no lo
parezca, Mariana es licenciada en Pedagogía y es perfectamente válida para
cumplir su labor. Es mayor de lo que parece…
Interrumpiéndola, pregunté:
-¿Cuántos? Veintidós, ¿veinticuatro?
Soltando una carcajada, contestó que
nuevamente me había pasado de listo y que la ex monja acababa de cumplir los
treinta.
-No lo parece- reconocí todavía no
creyendo sus palabras.
La confirmación de mi error vino de
la propia boca de la aludida. Sin que me hubiese enterado, Mariana había
llegado a la habitación llevando de la mano a mi hija. Desde la mitad del
salón, me informó:
-Su madre tiene razón, nací en el
ochenta y cuatro.
Aunque eso me dejó sin armas, lo que
verdaderamente me convenció fue ver a mi chavala con ella. Más que me
pese, Adela es una cría huraña con los extraños. Le resulta difícil entrar en
confianza y sabiendo sus pocas dotes sociales, que esa mujer se la hubiera
ganado en cuestión de minutos, era una muestra clara de su capacidad.
No teniendo más que decir, le
pregunté cuando empezaba. La mujer, sonriendo dulcemente, contestó:
-Había creído que podía empezar hoy.
Me he traído toda mi ropa.
La ternura que manaba de su voz, me
dejó alelado y ya completamente convencido, le di la bienvenida llevándola
hasta la que iba a ser su habitación. La antigua religiosa al entrar, empezó a
protestar diciendo que no podía quedarse allí. Creyendo que no le gustaba, me
comprometí en pintarla y arreglarla a su gusto pero entonces la muchacha
contestó:
-No me ha entendido. Es demasiado.
¿No tiene una habitación más pequeña?
Me quedé de piedra al
escucharla. Me parecía inconcebible que alguien prefiriera un sitio menor.
Menos mal que mi vieja intervino y negándose de plano a que la niñera de sus
nietos durmiera en el área de servicio.
-Tienes que estar cerca de los bebés.
Sus razones anularon las reticencias
de Mariana y dando las gracias, se fue al piso de abajo por su equipaje.
En su ausencia, mi madre susurró en voz baja:
-Lo ves, es perfecta.
No pude contradecirla. Realmente
estaba impresionado. Con solo recordar como mi hija huía cuando le presentaban
a alguien nuevo, tuve que reconocer su valía. La tal Mariana no solo era podía
resultarme útil para la educación de mis críos sino que y en contra de lo que
había previsto, no era una amargada con la vida. Donde me había imaginado una
solterona de gesto adusto, me encontré una joven dulce y cariñosa.
Por eso, a partir de ese día, Mariana
empezó a vivir con nosotros….
Mi vida con Mariana.
La presencia de esa mujer fue
cambiando mi vida sin casi darme cuenta. Al comienzo fueron cambios tan sutiles
que me pasaron inadvertidos. Desde la muerte de mi esposa, el mero hecho de
despertar a los niños resultaba una pelea diaria que provocaba que antes de
salir de casa, ya estuviera cabreado. Con Mariana, eso cambió. No solo se
ocupaba ella de sacar de la cama a mis hijos sino que usando artes de magia,
conseguía que los enanos se levantaran rápidamente y de buen humor.
Otro ejemplo aún más revelador,
fueron las notas de los chavales. Aunque estaban en los primeros cursos de
primaria, desde que me quedé viudo, no sobresalían en la escuela por buenos
sino por todo lo contrario pero desde que esa monjita se ocupó de acompañarles
en sus tareas, cambiaron por completo y empezaron a sacar excelentes
calificaciones.
Como un virus, su influencia se fue
extendiendo por mi casa sin que hiciera nada por evitarlo. Una noche cuando
estábamos en la mesa, mi hijo me preguntó si podía bendecir la mesa. La
pregunta del enano me hizo reír y como yo mismo fui educado así, le pedí que lo
hiciera él mismo. Con siete años y sin que yo se lo hubiese enseñado, el
pequeñajo bendijo la cena diciendo:
-Jesusito cuida de nuestra familia,
de papá, de Adela, de Mariana y de mí, para que siempre nos queramos como
ahora.
Esa fue la primera vez que oí que
incluían a esa mujer dentro de su universo cerrado pero no la última. A
partir de entonces, cualquier plan que se nos ocurriera tenía ella que venir o
de lo contrario no les apetecía. Si les preguntaba si querían ir al zoo, los
dos pigmeos salían corriendo a buscar a Mariana para contarla que al día
siguiente iríamos los cuatro a ese lugar. Si un día les llevaba a cenar a un
burguer, rápidamente preguntaban a esa mujer si le gustaba ese tipo de
comida.
En menos de dos meses, esa recién
llegada se hizo un lugar en sus corazones y cuando quise reaccionar tenía
perdida la batalla. Sin misericordia, fui reemplazado por ella. Si antes
corrían a darme un beso por las mañanas, ahora era a Mariana a la que colmaban
de caricias. Si anteriormente cuando tenían un problema buscaban mi consejo,
desde que esa dulzura llegó a nuestro hogar, ella era quien les resolvía sus
dudas. Daba igual lo que pasara. Si se les estropeaba la consola, acudían
a ella. Si necesitaban ayuda para recoger un balón, llamaban a Mariana.
Reconozco que me dejé llevar por la
comodidad que eso representaba. Con mis hijos a buen recaudo, me dediqué a mi
negocio y a mis juergas. Si ya de por sí las cosas me iban bien en la empresa,
al poder dedicarle más tiempo mejoraron y al tener las espaldas bien cubiertas,
eso me permitió dedicar más dinero a mis conquistas.
Llevaba casi seis meses con nosotros
cuando llegó el verano y teniendo que elegir un lugar donde pasarlo, se me
ocurrió preguntar a esa muchacha cuando iba ella a querer que le diera las
vacaciones. Su respuesta me dejó anonadado. Os juro que me quedé de
piedra cuando esa criatura, me contestó:
-Había pensado llevarme a los niños a
casa de mis padres. Madrid es muy seco y caluroso, les vendría bien el clima de
Asturias.
En vez de negarme de plano, su tono
tierno y su preocupación por mis retoños, me desarmó y por eso solo pude
preguntar donde vivían sus viejos.
-En Barres, un pequeño pueblo cerca
de la ría de Ribadeo- contestó y antes de que me diera tiempo a buscar una
excusa, prosiguió: -He hablado con ellos y están encantados de recibirnos
a los cuatro en su casa.
Mientras trataba de analizar ese “los
cuatro”, llegó Adela y preguntó de qué hablábamos. Al contestarle Mariana que
me acababa de decir que podíamos pasar el verano en Barres, mi cría con los
ojos como platos, respondió:
-¿Es ahí donde aprendiste a ordeñar
una vaca y donde hay esos bosques que nos has contado?
-Sí- respondió con una sonrisa sin
mirarme a la cara.
Mi hija dando saltos de alegría, me
rogó que fuéramos hasta esa aldea perdida de la faz dela tierra y por eso,
aunque sabía que poca diversión encontraría allí, acepté la invitación. No
había terminado de dar mi brazo a torcer cuando ya me había arrepentido al
escuchar que esa cría del demonio me lo agradecía diciendo:
- Jorge, ¡No sabes la ilusión que me
hace que mis padres conozcan a mis niños!
Oír esas palabras junto con ese “los
cuatro” me hizo sentir como un preso en el patíbulo. Lo quisiera o no, esa
muchacha había tomado posesión de mi feudo y sintiéndose parte de
nosotros, hacía y deshacía a su antojo.
“¿De qué va esta cría?”, maldije
entre dientes, “es la niñera de mis hijos y se comporta como mi novia.
A raíz de esa noche, todo fue a peor.
Mariana se había dado cuenta que me tenía agarrado de los huevos y eso le dio
los arrestos suficientes para dar otro paso más en mi reeducación. Lo
creáis o no, eso sí, utilizando una sutil y manipuladora estrategia se puso a
cortarme las alas y a recortar mis salidas. Os preguntareis cómo; la muy
ladina usó a mis hijos de un modo tan refinado y perspicaz que no
lo advertí.
Una clara muestra de su nueva táctica
ocurrió a los dos días mientras me preparaba para irme de copas. Estaba
afeitándome para salir cuando mis dos renacuajos entraron en mi baño con cara
de tristeza. Al preguntarles que pasaba, la niña me contestó:
-Papá, como mañana es sábado
queríamos que nos llevaras al parque de atracciones pero Mariana nos ha dicho
que mejor lo dejemos para otro día porque hoy vas a llegar tarde.
La expresión de sus rostros me quitó
las ganas de juerga y cediendo de mala gana, llamé a mis amigos y me excusé
inventándome un dolor de cabeza. Desconociendo que era una batalla nuevamente
ganada por esa arpía con cara de santa, accedí a llevarles al día siguiente a
ese lugar.
Reconozco que me lo pasé como un
enano con mis hijos en esas atracciones y creyendo que tendría una nueva
oportunidad de desfogarme al siguiente fin de semana, no le di
importancia. El problema fue que a los siete días ocurrió lo mismo. Ya no
me acuerdo siquiera de la excusa que esa bruja usó para desbaratar mis
planes, lo cierto es que ese viernes y los siguientes cuatro me tuve que quedar
en casa para acompañar a mi parentela al día siguiente.
Acostumbrado como estaba a desahogar
mi apetito sexual al menos una vez a la semana, resultó que después de cuarenta
y cinco días de abstinencia estaba que me subía por las paredes. Solo veía
tetas y culos por la calle. Estaba tan jodidamente caliente que incluso veía
guapa a la gorda de mi secretaria.
“Dios necesitó una mujer”, me dije una
mañana que me descubrí tratando de adivinar si, bajo la falda que le llegaba a
los tobillos, Mariana tenía un buen par de piernas. “No puedo más”,
sentencié y aunque era un miércoles, rompiendo mi norma, decidí que esa noche
saldría de marcha.
Habiendo tomado la decisión al
terminar de desayunar, llamé a la niñera de mis hijos y le comenté que esa
noche no me esperaran a cenar y que llegaría tarde. La muchacha me escuchó en
silencio y aunque no dijo nada supe que le había molestado.
“¡Qué se joda!” pensé y sin dar
importancia al gesto serio que lucía en su cara salí hacía el trabajo.
Ya en mi oficina, llamé a un par de
amigotes y organicé una quedada. Mi llamada les cogió de improviso y ambos se
mostraron sorprendidos porque pensaban que mi súbita desaparición solo se podía
deber a que me había echado novia.
-¿Novia yo? ¡Qué va!- respondí al
segundo, molesto de que me repitiera la misma cantinela- ¡Esta noche me voy a cojer
a dos!...
Al salir del trabajo me junté con ese
par de cabrones y tras un par de copas, nos fuimos directamente a un club de
alterne. Nada más llegar la madame hizo pasar a las muchachas y sin saber por
qué elegí a una que me recordaba a Mariana. Tras tomarme un par de whiskies con
ella, la sucedáneo de mi niñera resultó ser una sosa descarada y dopado como
estaba por el alcohol, busqué el alegrar la noche llevándomela a un reservado.
Ya en ese oscuro y tétrico
habitación, la putilla me hizo sentarme en la cama y cumpliendo con su trabajo
se sentó sobre mis rodillas. Mis manos al recorrer su trasero descubrieron que
esa minifalda no mentía y que bajo ella, había un culo duro y bien formado. No
me hizo falta su permiso y tumbándola sobre el colchón, desabroché su blusa.
Tras un sujetador de encaje negro, sus pezones me esperaban completamente
erguidos mientras su dueña no dejaba de gemir como si realmente me deseara.
Como un obseso, la despojé del resto de la ropa y separando sus rodillas, pasé
mi mano por su entrepierna. Mis dedos completamente empapados dieron fe de la
excitación que dominaba a esa cría y sin más prolegómenos, me terminé de
desnudar.
Desde la cama, la zorra pellizcándose
los pechos me pidió que la pagara antes, rompiendo cualquier encanto. Sabiendo
que era justo, saqué mi cartera y pagué su tarifa. Entonces y ejerciendo como
su momentáneo dueño, le ordené:
-Arrodíllate.
Ella se quedó pálida e intentó
protestar, pero sin hacerle caso, llegué hasta ella y dándole la vuelta, le
espeté:
-Te he pagado para cojer, ¿no es
verdad?-.
-Sí-, me contestó abochornada.
-Pues no te quejes-, le dije mientras
me metía en su interior.
La muchacha gritó de dolor por la
violencia de mi estocada pero no hizo ningún intento de separarse, al
contrario, tras unos segundos de indecisión se empezó a mover buscando mi
placer. Cuando se suponía que me iba a encontrar un dilatado y sobre usado
chocho, sorprendido me topé con un sexo estrecho que dio alas a mi pene y
cogiéndola de sus pechos, empecé a cabalgarla. Acostumbrada a ese trato, la
muchacha me rogó que la tomara sin compasión.
-Eres una putita pervertida-, susurré
a su oído, penetrándola una y otra vez.
Cada vez que la cabeza de mi glande
chocaba con la pared de su vagina, berreaba como loca, pidiendo más. Su
completa entrega elevó mi erección al máximo y sin ningún reparo, azoté sus
nalgas al compás de mis movimientos.
-Sigue, ¡Me encanta!- chilló al
sentir la dura caricia.
Contrariamente a lo normal en alguien
de su oficio, la joven se excitó al ser usada de ese modo tan canalla y pegando
un gemido el flujo que manaba de su interior, anticipó un raro orgasmo. Al
oírla, aceleré mis movimientos, de modo que no tardé en escuchar como esa
putilla se corría. Con los cachetes colorados y gritando ordinarieces, me dio a
entender que no tenía bastante. Eso fue la gota que colmó el vaso, y cogiendo
su espesa cabellera como si de riendas se tratara, forcé su cuerpo con
fiereza. La dureza de mi trato consiguió perpetuar su clímax y totalmente
desbocada, mi montura me exigió que continuara.
Su calentura era tanta, que no se
quejó cuando cogiendo parte del líquido que anegaba su sexo, embadurné su
esfínter y casi sin relajarlo, introduje en él mi extensión.
-¡Qué cabrón!- aulló de dolor al ver
invadida su entrada trasera y reptando por las sabanas intentó separarse.
No la dejé y sabiéndome su dueño
durante una hora, la atraje hacia mí, rellenando con mi sexo su interior.
El escarmiento con el que estaba castigando su culo se convirtió en desenfreno
y bramando sin parar, se dejó caer sobre la cama. Nuevamente, la incorporé y
metí mi pene hasta que sus nalgas no dieron más de sí y con mis testículos
rebotando en su sexo, no paré hasta que sacándole un nuevo orgasmo, derramé
rellenando con mi simiente sus intestinos.
Agotado, me tumbé a su lado. La zorra
me recibió en sus brazos y pasando su pierna sobre las mías, me dijo:
-Si quieres repetir, tengo toda la
noche.
-¿Cuánto?- pregunté sonriendo.
La cría muerta de risa me miró y
cogiendo mi pene entre sus manos, intentó reanimarlo, mientras me decía:
-¿Trescientos?
Soltando una carcajada cogí
nuevamente mi cartera y pagué mientras la chavala se embutía mi verga en su
boca.
Todo se desencadena.
Esa noche era tanta mi
necesidad de un buen polvo que no solo me follé a esa guarra otras dos veces
sino que al hacerlo me bebí media botella de su whisky y por eso aterricé absolutamente
borracho en mi casa sobre las seis de la mañana.
Lo que no me esperaba fue que,
sentada en el hall y envuelta en una bata que le parecería anticuada a mi
anciana madre, me encontrara a Mariana al llegar. Al verla despierta a esa
horas, me preocupé pensando que les había pasado algo a mis hijos y con la voz
trabada por el alcohol, pregunté qué había ocurrido.
La muchacha comportándose como una
esposa celosa, me contestó:
-¿No te da vergüenza llegar en este
estado? ¡Menudo ejemplo para mis niños! ¡Un padre tan borracho que ni puede
hablar! ¡Menos mal que están dormidos!
Sus gritos me sacaron de las casillas
y cogiéndola del brazo le contesté fuera de mí:
-Mira niña. Lo que haga yo no
es tu problema. Tú eres solo su niñera y yo su padre- ya embalado, no me mordí
la lengua y proseguí diciendo: - y mientras consigo una madre que se haga cargo
de ellos necesito de tu ayuda, pero no te permito que me sermonees. Aunque me
veas como un viejo, soy un hombre todavía joven con necesidades y si para
satisfacerlas contrato a una puta es mi jodido asunto, ¡No el tuyo!
Mariana escuchó mi perorata con
lágrimas en los ojos y al terminar, me contestó antes de salir huyendo:
-¡Nunca he dicho que sea un viejo!
Mi estado etílico impidió que
asimilara el significado de sus palabras y completamente fuera de mí, subí
hasta la habitación donde caí hecho una piltrafa sobre la cama.
Al día siguiente me levanté con un
dolor de cabeza de los que hacen época pero sobre todo con un sentimiento de
vergüenza total al darme cuenta que me había pasado dos pueblos con esa
muchacha.
“Aunque se lo merecía, fui muy
bestia”, reconocí mientras me duchaba, “solo espero que no me dimita. No sabría
que hacer sin ella”.
Al bajar a la cocina, Mariana estaba
dando de desayunar a mis enanos. Nada más entrar, me acerqué hasta ella y
preocupado por las consecuencias de mi actos le pedí perdón. La niñera sin
siquiera mirarme y con tono hosco, me respondió:
-No tiene por qué disculparse, solo
me puso en mi lugar y me hizo ver cuál era mi verdadero papel en esta casa.
Sus palabras me dejaron acojonado y
si antes creía que era posible que dejara su trabajo, al salir de casa estaba
convencido que al volver de la oficina me encontraría con sus maletas en la
puerta. Mi preocupación se vio incrementada cuando a la hora de comer, me llamó
mi madre hecha una furia. Sin dar tiempo a defenderme, me acusó de
haberla maltratado y de tener muy poco sentido común:
-¿Qué te costaba ser discreto?-
preguntó enfadada.
Por mucho que traté de explicarle mi
versión, ni siquiera me escuchó y solo tras echarme otra bronca, soltó:
-Mariana quería irse hoy mismo pero
he conseguido que te dé otra oportunidad. ¡Por el amor de Dios! ¡Sé un poco
cariñoso con ella! ¡Se lo merece!
Aliviado porque no me dejara tirado,
al salir de la oficina paré en una tienda a comprar una caja de los chocolates
que le gustaban a modo de desagravio. Durante todo el día me había preparado
para múltiples situaciones con las que me podría encontrar pero lo que nunca se
me pasó por la cabeza, fue que al entrar en casa me encontrara a esa chavala
vestida únicamente con un pantaloncito corto y un top jugando con mis hijos en
mitad del salón.
Desde la puerta y sin atreverme a
respirar, descubrí que Mariana no solo tenía unos pechos de campeonato sino que
la naturaleza la había dotado con dos piernas espectaculares.
“¡No puede ser!”, exclamé
mentalmente.
Petrificado, comprobé que no solo se
había pintado sino que incluso se había cambiado el peinado.
“No parece ella”, sentencié al
advertir que durante más de ocho meses me había ocultado su figura de modelo,
“¡Está buenísima!”.
Desde el día que la conocí fui
consciente que tenía una cara bellísima pero los siniestros trajes que había
llevado durante todo ese tiempo, me habían impedido comprobar que además de una
cintura de avispa, tenía un culo maravilloso. Sin saber que decir, toqué a la
puerta antes de entrar.
Mariana al levantar la mirada y verme
con el paquete en mis manos, se incorporó y con una sonrisa en los labios,
preguntó:
-¿Son para mí?
Al escucharme decir que sí, se acercó
y pegándome un beso en la mejilla, me los arrebató de las manos y dándose la
vuelta, les dijo a mis chavales:
-Mirad lo que nos ha traído papá.
Como no podía ser de otra forma, los
renacuajos se lanzaron sobre los chocolates mientras yo me sentaba en el sofá
tratando de calmarme porque, al darme ese beso, esa condenada cría se había
pegado a mi cuerpo dejándome comprobar la dureza de sus pechos.
“Jorge, ¡Tienes quince años más que
ella!”, repetí continuamente buscando que se me bajara la calentura que su mero
contacto me había provocado. “Encima no sabe nada de la vida. ¡Ha sido monja
hasta antes de ayer!” me dije anonadado por la fuerza de mi excitación.
La actuación posterior de esa cría
lejos de aminorar el terremoto que sacudía mi cuerpo, solo lo incrementó porque
actuando como si fuera algo más que la niñera de mis hijos, se sentó a mi lado
y cogiendo una de mis manos entre las suyas, con voz suave, me soltó
tuteándome:
-He decidido perdonarte y por eso, he
reservado para los cuatro un fin de semana en el hotel de la Manga.
La tremenda erección que
dolorosamente crecía en mi entrepierna y el miedo que me daba que ella se
percatara de ello, provocó que solo pudiera decirle “gracias” antes de salir
huyendo hacia mi cuarto. Ya en mi habitación, decidí darme una ducha pero la
acción del agua cayendo por mi pecho no solo no consiguió amortiguar mi desazón
sino que la acrecentó hasta límites intolerables.
Todavía no estoy orgulloso de ello
pero al salir de la ducha, seguía teniendo mi pene a su máxima expresión e
intentando encontrar la tranquilidad que tanto ansiaba, me tumbé en la cama.
No sé cuánto tiempo pasó pero de
repente, la imagen de Mariana a mi lado llegó a mi mente y sin poder retener mi
imaginación, me vi abrazándola. En mi cerebro, mis dedos se fueron deslizando
por su melena mientras ella seguía durmiendo. Con mi corazón bombeando a mil
por hora, me vi pegando mi pene a esas dos nalgas que acababa de descubrir.
Ella al notarlo se dio la vuelta y luciendo esa sonrisa que tan bien conocía,
me soltó:
-¿Qué esperas para cojerme?
Desde el primer momento supe que todo
era producto de mi imaginación y que la muchacha seguía en el piso de abajo con
mis chavales pero, aun así, cerrando los ojos me dejé llevar.
Visualizando una quimera, la vi
desnudarse y antes de que me diera cuenta, la niñera de mis hijos se puso sobre
mí y cogiendo mi pene entre sus manos se empezó a empalar mientras me decía:
-¿Acaso no soy más guapa que las
putas a las que te follas?
En mi sueño, sentí como mi extensión
se hundía hasta el fondo de su vagina y sin poderlo remediar, me corrí dejando
las pruebas de mi pecado sobre las sábanas…
Descubro su plan y el de mi madre.
A partir de ese día, la vestimenta de
Mariana cambió por completo. Las faldas hasta las rodillas fueron sustituidas
por minifaldas, las blusas holgadas por tops y por camisas escotadas, incluso
cambió las sandalias tipo monja por zapatos de tacón. Reconociendo que esa
transformación me debía haber alegrado, lo cierto es que me preocupó al no
entender el motivo.
Pero lo que realmente me trastocó fue
el modo de tratarme. Si antes era una mujer dulce pero distante, a partir de
esa bronca, la muchacha no paraba de tontear conmigo. El colmo de su descaro
ocurrió un día en que mi madre estaba visitando a sus nietos. Obviando su
presencia, cuando llegué a casa, se levantó del suelo donde estaba jugando con
mis hijos y con una sonrisa en su rostro, me besó en la mejilla mientras me
decía:
-Mira lo que me ha regalado Doña Isabel-
y sin darme tiempo a reaccionar, me modeló el cinturón ancho que llevaba
puesto.
Cortado miré a mi madre, para
descubrir en sus ojos el brillo de una extraña satisfacción. Les juro que me
extrañó que el único escandalizado por semejante exhibición de piernas fuera yo
y mirando de reojo sus adorables muslos, no pude más que preguntarme:
“¿Qué coño pasa aquí?”
La reacción de mi madre debía haber
sido la contraria. Por lógica, se debía de haber indignado de semejante
comportamiento, no en vano, había seleccionado ella a esa chiquilla por sus
rígidas normas morales. Sabiendo que entre esas dos había gato encerrado,
aprovechando que Mariana iba a preparar la cena de mis enanos, cogí por banda a
mi madre y a bocajarro le solté:
-¿Qué te traes entre manos con la
niñera?
En un principio intentó negar lo
evidente pero al decirle que no creía que ese cambio de look fuera casualidad,
soltando una carcajada, me espetó:
-Se lo dije yo y si te parece mal, te
fastidias.
-No entiendo nada. ¿Por qué le has
dicho que se vista como una guarrilla? Ese no es tu estilo.
Fue entonces cuando realmente se
explicó:
-El otro día Mariana llegó llorando
por tu amenaza de echarla de casa…
-¡No fue así!- interrumpí porque eso
no fue lo que dije.
-Tú te callas y me dejas terminar-
protestó de muy mala leche y como una ametralladora, prosiguió diciendo: -La
pobre estaba destrozada porque se había dado cuenta que por primera vez sentía
que tenía una familia y no podía soportar la idea de perderos.
-¿Perder a quién?- pregunté inMarianado.
-Eso mismo pregunté yo- respondió- y soltándose
a llorar, me reconoció que a los tres y que aunque en un principio se había
encaprichado con mis nietos, al conocerte en profundidad, se había enamorado de
ti.
-No te creo, ¡Es una cría para mí! La
llevo quince años.
Bastante cabreada, mi vieja me llevó
la contraria diciendo:
-Deja de decir tonterías que ya
acabo. Viendo lo destrozada que estaba le pregunté porque no luchaba por ti. La
pobre niña creía que nunca la verías como mujer y por eso tuve que acompañarle
a comprar ropa. Sé que tuvimos un éxito rotundo o ¿Crees que no me he dado
cuenta como la miras?
La confirmación que mi madre se había
unido con esa chiquilla con el propósito firme que me sedujera, me terminó de
indignar y dejándola con la palabra en la boca, salí del chalet. Durante dos
horas, estuve meditando entre echarla de casa o pasar de ella y solo cuando
estaba a una manzana de mi hogar, se me iluminó mi cara al decidir:
-Si quiere seducirme, me dejaré
seducir. ¡A ver cómo responde cuando sus famosísimas reglas morales choquen contra
mi lujuria!
Y siguiendo ese pérfido plan
elaborado sobre la marcha nada más entrar, fui a la cocina y sin importarme que
mis hijos estuvieran presentes, me acerqué a ella y con tono meloso susurré en
su oído:
-Perdona pero no me atreví antes a
reconocer frente a mi madre lo guapísima que estás- recalcando mis palabras con
un suave magreo sobre su culo.
La pobre ex monja pegó un corto
chillido al sentir mi mano recorriendo sus nalgas. Mi plan había sido retirarla
de inmediato pero no pude porque al sentir bajo mis dedos su duro trasero, esa
sensación me cautivó. “Menudo culo tiene la condenada”, pensé sin dejar de
sobarla por lo que tuvo que ser ella, la que disimulando se zafara de mis
caricias diciendo:
-Tengo que dar de cenar a los niños.
Había previsto que se enfadara pero
contraviniendo mis ideas, advertí en su boca una ligera sonrisa mientras servía
la cena. Su alegría lejos de hacerme cambiar de opinión, afianzó mi decisión y
mientras miraba el profundo escote de sus pechos, pensé:
“Va a ser divertido jugar con esta
mocosa. Si se espanta, será su problema y si consigo doblegarla, disfrutaré aún
más”.
Curiosamente, mi insistencia en
admirar sus tetas tuvo dos consecuencias, una previsible, la muchacha al
percatarse de la caricia de mis ojos se puso como un tomate pero otra
impensable: De improviso, vi emerger debajo de su top dos bultos que me
hicieron saber que se le habían puesto duros los pezones.
“¡Vaya con la monjita!”, exclamé
mentalmente y sabiendo que por esa noche, la pobre chavala tenía suficiente, me
concentré en disfrutar de mis dos enanos.
Ya en mi cuarto, me puse a repasar lo
sucedido. Aunque mi intención era planear mis siguientes pasos, tengo que
confesar que la situación me sobrepasó al recordar el tacto de su culo.
Recreándome en su dureza me puse a imaginar a Mariana cayendo en mis brazos
durante ese fin de semana que junto a mi madre había planeado.
Sin poder reprimir mi calentura, me
vi llevando a los críos a unas clases de natación para acto seguido, irme con
ella en la playa. En mi perversa mente, la bella niñera dejaba caer su vestido
sobre la arena, luciendo un diminuto bikini que me hizo reaccionar. “Viene con
ganas de guerra”, me dije y actuando como tenía previsto, le solté:
-Eres una diosa- para acto seguido
rozar con mis yemas uno de sus pezones.
En la vida real, Mariana se hubiese
enfadado pero en mi sueño suspiró dejándose hacer y con la respiración
entrecortada, se tumbó sobre la toalla a echarse crema. Ya medio excitado, me
la quedé mirando mientras sus manos esparcían el líquido por su escote.
Sin retirar los ojos de esa sensual visión, sonreí mientras cogía de la nevera
una cerveza. La ex monja fue entonces cuando debajo de mi bañador una enorme
protuberancia producto de la excitación que me corroía.
-¿No te estás pasando? ¡Deja de
mirarme así!
-No puedo- contesté. –Tienes unos
pechos maravillosos.
En mi mente, no quiso o no pudo
responder a mi insolencia y tratando de provocarme aún más, dándose la vuelta,
me rogó que le esparciera la crema por donde ella no llegaba. No que
decir tiene que lo hice al instante y cogiendo un buen puñado del bronceador en
mis palmas, me puse a frotar su espalda.
Mariana al sentir mis dedos
recorriendo su cuerpo, cerró los ojos gimiendo calladamente cada vez que sentía
que mis yemas se apoderaban de otra parte de su piel. Aunque estaba tumbado en
mi cama, en mi mente, mi yo estaba retozando con esa cría en mitad de la playa
y cogiendo mi pene entre mis manos, me puse a pajearme mientras soñaba que
estaba a punto de llegar a su culo con la crema.
Al toparme con el obstáculo de la
parte de abajo de su bikini, en mi sueño pregunté:
-Si sigo más abajo voy a mancharte el
tanga. ¿Quieres que siga?
Fue entonces cuando debí caer en que
todo era producto de mi imaginación porque en vez de seguir ella, quitándose
esa prenda, me pidió que lo hiciera yo. Excitado hasta decir basta, me encontré
con sus duras y desnudas nalgas a mi disposición y sin creerme la suerte,
recomencé a untar su piel con esa crema.
-Dios, ¡Como me gusta!-berreó al
sentir que mis manos se hacían fuertes en su trasero.
La calentura que demostró la cría me
hizo ir más lejos y abriendo sus cachetes descubrí, un esfínter sin usar que me
dejó impresionado con su belleza. Incapaz de soportar esa tentación recorrí con
mis dedos sus bordes, Mariana al experimentar la sensación de sentir esa sutil
caricia, comportándose como una puta, cogió sus nalgas entre sus manos y me
rogó que no parara.
-Si sigo, no respondo- amenacé sin
dejar de toquetear su ojete.
La imaginaria niñera recalcó su
disposición poniéndose a cuatro patas sobre la toalla y diciendo mientras se
empezaba a masturbar:
-Es todo tuyo.
Azuzando su deseo, terminé de
introducirle mi dedo en su culo mientras usaba mi otra mano para pellizcarle un
pezón. La muchacha impactada por lo que estaba sintiendo, rugió de deseo
diciendo:
-Cojeme.
Al oír su ruego, cogiendo mi pene
entre las manos, forcé su entrada de un solo empujón. Ni siquiera me hizo falta
moverme: la monjita al sentir su conducto ocupado y mi glande chocar contra el
final de su vagina, se corrió pegando gritos. La facilidad con la que mi pene
entró en su sexo, me convenció que no era virgen y dando un sonoro azote en su
trasero, le solté:
-Eres una puta que va de santurrona.
¡Has follado antes!
-¡No esperarías ser el primero- ladró
convertida en perra.
Vengando mi decepción, di a mis
caderas una velocidad creciente y mientras esa zorra me pedía más,
apuñalé sin descanso su sexo. Esa mujer respondió a cada incursión con un
gemido, de forma que la playa se llenó de sus gritos al son de mis movimientos.
-¡Dios! ¡No pares!- chilló dominada
por la lujuria.
La entrega que demostró, rebasó en
mucho mis previsiones y cuando le informé que estaba a punto de correrme, me
pidió que eyaculara en su interior porque quería quedarse embarazada.
-¡Serás guarra!- indignado le solté
en mi sueño.
-Lo soy y ahora, quiero que me
preñes.
Decidido a evitar que con eso
consiguiera su propósito, cambié de objetivo y sacando mi pene de su sexo, lo
coloqué en su culo y de un empujón, se la embutí por completo.
-¡Me duele!-chilló al sentir su ojete
violado.
Sin compadecerme de ella, la cabalgué
sin piedad hasta que derramé mi simiente por sus intestinos. Una vez saciado
aunque fuera mentalmente, me di la vuelta en la cama y mientras pensaba en como
castigarla, me quedé dormido…
Ese fin de semana fue mi perdición.
Al día siguiente, Mariana lucía radiante. Se notaba a la legua
que estaba contenta y queriendo que se le quitara ese gesto de la cara, la
saludé con un beso en la comisura de los labios mientras mi mano repetía la misma
operación que la noche anterior. Pero si hacía unas horas mi magreo la había
sorprendido, esa mañana no hizo ningún intento de retirar mis dedos de su
trasero y mientras yo seguía acariciándolo, me dijo:
-Cariño, ¿Qué quieres que te prepare de desayunar?
Su tierna respuesta y que para colmo se dirigiera a mí de esa
forma frente a mis hijos, me cabreó al darme cuenta que iba a ser una presa
dura de vencer y con tono duro, le pedí un café. La muy ladina no se dio por
enterada y mientras me lo servía, con voz dulce, me soltó:
-¿Qué te pasó anoche? No parabas de dar vueltas en tu cama- y
poniendo un tono pícaro, preguntó: -¿Acaso soñaste conmigo?
Ni siquiera contesté y cogiendo el puñetero café, salí de la
casa cabreado por mis pobres resultados. Ya en el coche, decidí incrementar la
presión y recordando que en dos días nos íbamos a la Manga, decidí hacer
trampas y que la presa fuera ella. Nada más llegar a mi trabajo, cogí el
teléfono y cambié la reserva. Mariana había reservado dos habitaciones con dos
camas, suponiendo que ella dormiría con Adela en una y en la otra, Jorgito y yo
pero por la promesa de una buena propina, quedó registrada en el ordenador solo
una y encima con cama de matrimonio.
Disfrutando de ante mano de mi venganza, pensé el bochorno que sentiría
esa monjita al tener que dormir conmigo y creyendo que se negaría de plano, me
puse a planear que le diría a mi madre cuando esa arpía me dimitiera.
Durante el resto de la semana, esperé con impaciencia que
llegara el día de irnos. Ajena a lo que le tenía preparado, cada vez era más
evidente que iba a la caza y captura mía. Acostumbrada a que aprovechara
cualquier oportunidad para pasar mi mano por su cintura o su trasero, ponía su
culo en pompa en cuanto me veía. Cómo lejos de mostrar embarazo, cada vez
se ponía más contenta al recibir mis caricias, comprendí que en su fuero
interno pensaba que estaba a punto de caer en sus brazos.
Ese viernes, la recogí al medio día con mis hijos a la salida
del trabajo. En cuanto la vi, supe que me estaba echando un órdago porque
además de venir con un escote de lo más sugerente, me saludó con un breve beso
en los labios. Al ver mi cara de sorpresa, se rio de mí diciendo:
-Perdona pero la culpa es tuya por mover la cara.
Asumí directamente que había metido directa y que en su
inexperta mente, ya se consideraba casi mi novia.
“Lo lleva claro”, pensé, “menudo chasco se va a llevar”.
Al estar nuestro destino a cuatro cientos setenta kilómetros,
decidí ir preparando el terreno y que cada vez estuviera más nerviosa. Por ello
en cuanto se ató el cinturón y salimos rumbo a la autopista, posé mi mano sobre
su pierna. Nuevamente su comportamiento me descolocó, porque en vez de
quejarse, me sonrió y como si fuera algo a lo que estaba habituada, puso la
suya sobre mi muslo.
No sé si fue el tacto de su piel desnuda bajo mis yemas o el
sentir su palma sobre mi pantalón, pero lo cierto es que el que se puso
incómodo fui yo al notar que me estaba empezando a excitar.
“Esta niña está jugando con fuego”, me dije cuando Mariana no
contenta con ello, discretamente me empezó a acariciar la pierna.
Sobre estimulado mi pene se alzó bajo mi bragueta, Mariana al
ver el enorme bulto que había hecho su aparición de improviso, aprovechó para
decirme:
-No sabes lo feliz que soy desde que estoy contigo.
Sus palabras me recalcaron sus intenciones y por algún motivo,
no cortaron de cuajo mi excitación sino todo lo contrario. Al imaginar mi vida
con ella, sonreí y de pronto empecé a preocuparme por la trampa que le había
preparado.
“No puede ser”, me dije al darme cuenta que podía estar
enamorado de esa mojigata y acojonado por esos sentimientos, se me hizo eterno
el viaje hasta el hotel.
Eran las ocho cuando aparcamos en su parking. Como no podía
hacer nada para deshacer mi plan, le pedí que fuera a inscribirnos mientras yo
me ocupaba de bajar el equipaje. Deliberadamente me retrasé y por eso cuando me
uní a ellos, vi que Mariana discutía con el conserje.
Al llegar a su lado, me miró y supe por su expresión que me
había descubierto pero en vez de tomárselo a mal, me soltó:
-Recuerdas que te enseñé la reserva, pues resulta que en el
ordenador es diferente y solo tenemos reservados una habitación con cama de
matrimonio.
-¿Y qué hacemos?- pregunté haciéndome el inocente.
Con una sonrisa, me contestó:
-Somos adultos y frente a los niños, no creo que intentes
violarme.
Tras lo cual meneando su trasero cogió a mi hijos y fue hacía el
ascensor dejándome, a mí con el equipaje. La desfachatez con la que se tomó la
noticia, me alivió en parte pero también me preocupó porque nunca había
previsto realmente compartir la cama con ella. Por eso respiré cuando llegamos
a la habitación y comprobé que al menos era una King-size donde íbamos a
dormir. Al menos no tendríamos que estar tan pegados.
Después de dejar la ropa, buscamos un restaurante donde cenar.
Cómo dice Murphy todo es susceptible de empeorar, cuando íbamos rumbo al que
nos habían recomendado, mi hija al ver a unos padres con sus hijos, con voz
tierna me dijo:
-Papá, ¿Por qué no podemos ser una familia?
-¿A que te refieres?- pregunté.
-Van todos abrazados.
La bruja de su niñera cogió su sugerencia al vuelo y pasando su
mano por mi cintura, le contestó mientras cumplía el deseo de Adela, pegando su
cuerpo al mío:
-Cariño, por supuesto que somos una familia. No lo dudes, tu
padre me quiere muchísimo- si de por sí su cercanía ya era excitante, ese
engendro del demonio incrementó mi turbación llevando mi mano hasta su trasero
y susurrando en mi oído, me soltó:-¿o no es verdad?
Conociendo su juego, no pude quedarme callado y murmurando
para que no lo oyeran mis hijos, le respondí:
-Te estás pasando. Luego no te quejes si me paso- y tratando de
escandalizarla, proseguí diciendo: -Recuerda que esta noche dormiremos en la
misma cama.
Lejos de molestarla mi insinuación, esta tuvo el efecto
contrario y soltando una carcajada, contestó:
-A lo mejor soy yo quien te sorprende….
Sus palabras me confirmaron que de no mediar la suerte,
podía caer en mi propia trampa. La ex monja me estaba provocando descaradamente
y tal y como se estaban viendo afectado mis neuronas, era previsible que se
saliera con la suya. Defendiéndome como gato panza arriba, le di un suave
mordisco en la oreja mientras le decía:
-¿Vas a violarme? O ¿Tendré que ser yo quien lo haga?
Mariana luciendo la mejor de sus sonrisas y mientras dejaba caer
su mano por mi culo, me respondió:
-Antes tendrás que pedirme que me case contigo.
La respuesta de esa mujer me dejó estupefacto y separándome
bruscamente de ella, comprendí que aunque lo había soltado medio en broma que
nos casáramos era su intención desde el principio y que para colmo tenía como
socia a mi propia madre.
Durante la cena, tanto ella como yo nos mantuvimos en un
incómodo silencio, solo roto brevemente por las preguntas de mis chavales. Se
le notaba a la legua que al igual que a mí, la perspectiva de dormir juntos la
estaba poniendo nerviosa. Poco a poco, me fue contagiando de su nerviosismo y
por eso al llegar a la habitación estaba como un flan.
Al entrar y aprovechando que Mariana estaba poniendo el pijama a
mis hijos, me metí en el baño a cambiarme. Aunque os parezca imposible, me
sentía profundamente perturbado por la idea de acostarme en la misma cama y
tras asearme un poco salí a enfrentarme con ella. La escena con la que me
encontré no pudo mas que incrementar mi desasosiego porque aprovechando mi
ausencia, la muchacha había conseguido que le subieran otro colchón y en vez de
obligarme a mí a dormir en él, estaba acostando allí a mis críos.
Al levantar la mirada y ver mi sorpresa, con voz pícara, me
soltó:
-Éramos muchos para una sola cama.
Tras lo cual, cogió una bolsa y se metió con ella al baño.
Reconozco que los cinco minutos que tardó en salir, fueron un suplicio para mí
pero nada que ver con el estado en que me dejó al verla salir ataviada con un
picardía rojo casi transparente.
“¡Diós! !Cómo está!”, exclamé mentalmente al comprobar que lejos
de ocultar la belleza de su cuerpo, esa tela la realzaba. Aunque ya sabía que
la ex monja tenía un buen par de pechos, nunca imaginé el tener la oportunidad
de verlos tan claramente a través del encaje. Era tan tenue la barrera que
creaba ese camisón que pude distinguir a la primera el color negro y el tamaño
de sus pezones.
“¡No puede ser!”, pensé babeando al percatarme que producto de
la caricia de mi mirada esos dos botones se contraían excitados.
-¿Te gusta?- Mariana me preguntó coquetamente.
-Mucho- respondí mientras seguía deleitándome con el resto
de su cuerpo.
Si su delantera era de infarto, al bajar mis ojos por su
anatomía, me encontré con un tanga tan pequeño que no dejó duda alguna de que
se había depilado las ingles al completo. Mi curiosidad se vio recompensada
porque dando una vuelta completa, la joven me lució su modelito.
“¡Menudo culo!”, me dije al admirar la perfección de sus nalgas.
Duras y respingonas eran el sueño de todo hombre y tenerlas al
alcance de mi mano fue más de lo que pude aguantar y acercándome a ella, las
acaricié brevemente mientras le preguntaba de qué lado prefería dormir. Mariana
sin rehuir mi contacto, respondió:
-Te he espiado dormido muchas noches y como quiero que me
abraces, dormiré a tu derecha.
El descaro con el que me reconoció que me había espiado me dejó
perplejo por chocar directamente con la idea que tenía de esa mujer pero más
aún que me admitiera que deseaba que yo la tomara entre mis brazos. Sin saber
que hacer me acosté del lado acostumbrado y esperé a que Mariana se uniera a
mí.
La joven se entretuvo tapando a los críos y con ellos ya medio
dormidos, se acercó y me susurró mientras se tumbaba en la cama:
-Te doy permiso que me toques pero, si quieres algo más, ya
sabes mi precio.
La seguridad con la que me hablo me indignó y sobre reaccionando
a su afrenta, le solté:
-¡No estás tan buena!.
Soltando una breve carcajada, me dijo en voz baja:
-Mañana a estas horas estaremos comprometidos.
Cabreado apagué la luz y me dispuse a dormir sin siquiera
tocarla. La niñera al notar que me apartaba de ella, se pegó a mí y en
silencio, me empezó a desabrochar el pijama:
-¡Qué haces!- exclamé escandalizado de lo que esa bruja con cara
de ángel estaba haciendo.
Muerta de risa, me contestó:
-Tu madre me dijo que a lo mejor necesitaba darte un
empujoncito- tras lo cual empezó a acariciarme.
Tratando de mantener la cordura, cerré los ojos y me puse a
pensar en el trabajo. Desgraciadamente me resultó imposible de concentrarme en
otra cosa al sentir sus labios recorriendo mi pecho.
-¡Déjame!- supliqué en voz baja al notar que bajo el pantalón mi
pene empezaba a reaccionar.
La maldita de ella sonrió al percatarse de mi involuntaria
reacción y levantando sus ojos me miró. No me costó reconocer en su mirada que
esa mujer estaba resuelta a doblegarme pero también y por primera vez, descubrí
deseo. Paralizado tuve que soportar el experimentar que obviando mis quejas, Mariana
incrementara sus caricias mientras ponía una de sus piernas sobre mí. Al
hacerlo, me quedé cortado porque era imposible que no se hubiese percatado de
mi erección.
Sonriendo me confirmó que se había dado cuenta al decirme:
-¿No tienes algo que preguntarme?
“Será puta”, pensé al saber a qué se refería justo noté que me
empezaba a pajear con su pierna: “¡No le importa que estén mis hijos en la
misma habitación!”
Su acoso era tal que intenté separarla de mí pero al irla a
empujar, Mariana aprovechó para llevar mis manos hasta su pecho mientras me
decía:
-Pueden ser tuyos para siempre.
Os juro que intenté rechazarla pero al sentir la dureza juvenil
de sus tetas bajo mis yemas me entretuve un poco más de lo necesario y eso fue
mi perdición. La niñera gimió de gusto al notar que dando un suave pellizco a
sus pezones firmaba mi claudicación.
-Tócame- ordenó metiendo mi mano bajo su camisón.
Como un zombi sin voluntad cumplí su mandato recorriendo
el borde de su areola. Esta al sentir mi caricia se contrajo poniéndose dura
mientras su dueña pegaba su sexo contra el mío y lo empezaba a frotar contra mi
erección.
-Ummm- escuché - ¡No sabía que era tan agradable!
Supe por su cara que nunca había sentido ese tipo de
sensaciones y eso lejos de disminuir mi morbo, lo incrementó al saber que sería
yo el primero. Enfrascado en un camino sin retorno, llevé mis manos hasta su
culo y empecé a acariciarle las nalgas mientras la ex monjita sollozaba al
restregar su clítoris contra mi pene.
-¡Me encanta!- exclamó en voz baja al sentir que su cueva se
encharcaba.
Cada vez más rápido y olvidando cualquier recato se movió sobre
mí buscando liberar esa rara tensión que se iba incrementando en su
entrepierna. La urgencia con la que Mariana ansiaba descubrir el placer me
volvió loco y sacando mi miembro de su encierro, le quité el tanga. La niñera
haciendo un breve movimiento evitó mi ataque y aprisionando mi pene entre sus
piernas, sollozó descompuesta por el placer que la invadía.
-Respétame- me imploró mientras seguía forzando con sus
movimientos mi extensión.
Su doble discurso, pidiéndome cordura cuando su cuerpo buscaba
exactamente lo contrario, consiguió enervarme y apretando sus nalgas con mis
manos, le susurré al oído:
-Vas a ser mía.
Si para mí fue un suplicio el sentir su humedad recorriendo la
base de mi pene, para ella, mis palabras fueron la gota que esa mujer
necesitaba para correrse y restregando su coño con más fuerza contra mi
verga, se corrió regando con su flujo mis piernas. La fuerza de su orgasmo fue
tal que su cuerpo empezó a convulsionar mientras Mariana se mordía los labios
intentando no gritar. Supe en ese instante que de no estar mis niños durmiendo
en la cama de al lado, esa mujer hubiese dejado salir su excitación con un
berrido pero al recordar su presencia buscó mis labios diciendo:
-Amor mío, ¡Bésame!
Respondí con pasión a su beso y mientras mi lengua jugueteaba
con la de ella en el interior de su boca, mi pene no pudo más y descargó
mi simiente contra sus muslos. Mariana, al sentir mi eyaculación, sonrió y
poniendo su cabeza sobre mi pecho, murmuró:
-Gracias cariño pero, si quieres más, mañana le tendrás que
decir a nuestros hijos qué te casarás conmigo.
-¡Jamás!- respondí hecho una furia.
Levantando su cara, me miró diciendo:
-Hasta tú mismo sabes que lo harás- tras lo cual acomodándose a
mi lado, se quedó dormida…
El día de mi crucifixión.
Como comprenderéis y sobretodo disculpareis, esa noche apenas
dormí. El tener a ese bombón a mi lado sabiendo que sería mío si le prometía
unirme a ella de por vida, fue una tentación que impidió que conciliara el
sueño. Por eso sobre las ocho de la mañana y viendo que me resultaba imposible
seguir junto a ella, me levanté a dar una vuelta por el pueblo. Aunque intenté
no hacer ruido, estaba a punto de salir cuando Mariana despertó y desperezándose
sobre la cama me preguntó a donde iba.
Cabreado le contesté que a buscar una mujer. La muy guarra,
quitando la sabana, me contestó:
-Tú mismo pero recuerda la que te perderías.
Si por la noche estaba preciosa, esa mañana su belleza era
dolorosamente insoportable a plena luz y sin contestarla, salí huyendo de la
habitación mientras llegaba a mis oídos el sonido de su carcajada. Con la
imagen de su cuerpo casi desnudo torturando mi mente, tomé el ascensor.
-No pienso ceder- dije en voz alta sin importarme que dos
alemanes viajaran conmigo en ese habitáculo.
Los turistas se miraron entre ellos creyendo que era un loco
peligroso y apartándose de mí, buscaron el refugio de una esquina. Con mi
sangre hirviendo de ira, me escabullí como pude y salí a la calle. Hoy sé que
ya sabía en mi fuero interno que era cuestión de horas que cediera ante esa
arpía pero entonces fui incapaz de reconocerlo y buscando que me diera el aire,
me puse a desayunar en una terraza.
Ya en la mesa, no pude dejar de recordar el sabor de sus labios
y la exquisitez de su cuerpo mientras me tomaba un café:
-Todas las mujeres son unas zorras- mascullé al recordar la
actuación de mi propia madre.
Al cabo de una hora ya me había tranquilizado y asumiendo
que podía enfrentarme con ese mal bicho sin sucumbir a sus encantos volví al
hotel. El desayuno me sirvió para hacerme la vana ilusión de creer que podría
mantenerme firme en mi decisión de no claudicar ante ella pero mi supuesta
resolución se desvaneció como un azucarillo al entrar en la habitación.
Nada más cruzar la puerta, oí las risas de mis dos críos en el
baño y queriendo ver de qué se reían entré sin llamar a la puerta para
encontrarme a Mariana con ellos en el jacuzzi jugando. La imagen de esa mujer
desnuda muerta de risa mientras Adela y Manuel la mojaban me resultó además de
atractiva, extremadamente tierna y por eso me quedé en silencio observándola.
Ese demonio no solo era bellísimo sino que tenía de su lado a toda mi familia.
Mariana, sin ser consciente de que la estaba viendo, se reía
mientras devolvía el ataque con el teléfono de la ducha. Desgraciadamente en
ese momento, Jorgito me descubrió y pegando un grito me pidió que me metiera
con ellos dentro de la enorme bañera. La niñera se intentó tapar mientras,
avergonzado de mi actuación, me excusaba con el niño diciéndole que estaba
vestido. Aunque en realidad lo que me impedía acompañarlos, era que me veía
incapaz de no excitarme con esa mujer en pelotas y desapareciendo del baño, les
esperé en el cuarto.
Al cabo de cinco minutos, los tres salieron listos para ir a la
playa. Fue entonces cuando la ex monja, divertida, me preguntó mientras me
modelaba el provocativo bikini que llevaba:
-¿Encontraste lo que buscabas?
No pude ni contestar. Mi ojos se habían quedado prendados en su
figura y mi mente solo podía soñar con tenerla a ella y a nadie más. La
visión de su cuerpo apenas cubierto por tres triángulos de tela era tan
increíblemente provocadora que me quedé babeando ante ella y tuvo que ser la
propia Mariana la que me despertara diciendo:
-Ponte el traje de baño para que podamos ir a la playa.
Mascullando una breve protesta, me fui a cambiar y ya con él,
salimos los cuatro rumbo a la playa. La cabrona de la niñera sabiendo que no
podía quejarme aprovechó para nada más salir a la calle, pedirme que le pasara
el brazo por la cintura diciendo:
-Manuel, recuerda que somos una familia.
La mirada de mis retoños me impidió contestarle una fresca y
refunfuñando la agarré de la cintura. Sabiéndome en su poder, llevó mi mano
hasta su trasero diciéndome al oído:
-¿No lo echas de menos?
La dureza de su nalga y la suavidad de su piel elevaron mi
temperatura de golpe y poniéndome la bolsa con las toallas tapando mi
entrepierna, intenté ocultar mi erección. La risa de esa mujer me informó que a
ella no había conseguido engañar y con tono sensual, me susurró:
-¿Con qué te vas a tapar en la playa cuando eches crema en mi
culito?
Indignado contesté en voz baja intentando que mis chavales no se
enteraran:
-Deja de comportarte como una zorra.
Alegremente, esa mujer educada en un monasterio me contestó:
-No soy una zorra sino una mujer que sabe lo que quiere- tras lo
cual, disimulando cogió mi pene entre sus manos y dijo: -Seré tu esposa ante
Dios y la sociedad pero también si quieres me convertiré en tu puta en la cama.
El breve apretón que pegó a mi miembro con sus dedos estuvo a
punto de hacer tropezar. Descojonada, me miró a los ojos con picardía y me
dijo:
-He contratado a los niños una clase de vela, así que tenemos
toda la mañana para nosotros solos.
Si antes de conocerla alguien me hubiese dicho que recibiría con
espanto la noticia de quedarme solo con ese pedazo de hembra, me hubiera reído
de él pero os reconozco que en ese instante fue como si un jarro de agua fría
cayese sobre mí. Sin nada que objetar, acompañé a mis hijos a sus clases
sabiendo que sin ellos iba a ser presa fácil de ese engendro de los infiernos.
Ya una vez ella y yo solos, me preguntó que quería hacer.
Temiéndome que si iba a la playa, Mariana cumpliría su amenaza de obligarme a
echarle crema, sugerí dar una vuelta por la ciudad.
-¿Así vestida?- su tono jocoso me obligó a mirarla y ella
sabiéndose observada se dio la vuelta para que admirara que el enanísimo tanga
dejaba al desnudo todo su trasero.
-Comprendo- contesté pero para mi fortuna había a pocos metros
un tenderete donde le compré un pareo con el que taparse.
Una vez resuelto ese problema no pudo ni intentó negarse a dar
una vuelta y pegándose a mí, riendo me dijo:
-¿Dónde vamos?
La cercanía de esa mujer hizo que retornara mi excitación y
tratando de zafarme de su acoso, comencé a andar por el paseo marítimo.
Curiosamente el llevar a Mariana colgada de mí lejos de molestarme, me empezó a
gustar y paulatinamente fui olvidando el rencor que sentía por ella. Al cabo de
los diez minutos de caminata, la joven quiso entrar a una tienda a ver unos
trapos. Viendo su sonrisa mientras revisaba la mercancía de ese local, no
pude dejar de pensar en cómo había cambiado esa mujer.
Cuando llegó a mi casa, no le importaba la moda e iba hecha un
desastre pero desde la intervención de mi madre, disfrutaba viéndose guapa.
“Realmente está como un tren”, estaba pensando cuando vi que un
dependiente se le acercaba y empezaba a hablar con ella.
Si en un principio me pareció normal, no tardé en darme cuenta
que el muchacho estaba tonteando descaradamente con ella. Excediéndose en su
labor, el maldito crio bromeaba sin parar con ella. Involuntariamente me empezó
a cabrear pero el colmo fue cuando señalándome, le preguntó si era yo su padre.
“¡Será cretino!”, maldije mentalmente al muy capullo.
Mi humillación se vio incrementada cuando Mariana, muerta de
risa, cogió una de las prendas y me llamó diciendo:
-Papá, ¿Te gusta?
Ni me digné en contestarla y hecho una furia salí del local. Ya
en la calle, me di cuenta que esa sabandija lo había dicho para molestarme y
que mi reacción era una victoria más en su haber. Cuando ella salió, mi cabreo
en vez de disminuir se incrementó por culpa de un montón de adolescentes que al
verla, empezaron a decirle burrada y media mientras Mariana no dejaba de
sonreír. Totalmente iracundo, la agarré del brazo y con tono serio, le solté:
-Deja de tontear con todos.
Sonriendo dulcemente, contestó:
-Todavía soy una mujer libre- e incrementando mi enfado se dio
la vuelta y dirigiéndose a los chavales, les lanzó un beso.
Ese nutrido grupo respondió al beso con nuevos piropos mientras
yo me la llevaba de allí casi a cuestas. La ira me nublaba la mente, me sabía
y reconocía en sus manos y eso no hacía más que incrementar mi enfado.
Todo mi ser anhelaba disfrutar de sus caricias y lo que había empezado como un
reto, se había convertido en una auténtica necesidad. Lo único que me retenía
era la sensación de sentirme un pelele y que a partir de mi claudicación, esa
hembra del demonio además de convertirse en mi esposa, se transformara también
en mi dueña.
Mi silencio alertó a Mariana del sufrimiento que estaba asolando
mi cerebro y cogiéndome de la mano, me llevó hasta el hotel sin que me diera
cuenta. Al entrar al Hall, me la quedé mirando al no saber que se proponía.
Entonces y imprimiendo un tono dulce a su voz, me dijo:
-Necesito hablar contigo a solas.
Sin quejarme, la seguí hasta la habitación. Una vez allí, me
obligó a sentarme en la cama y poniéndose a mi lado, se echó a llorar. Hoy sé que
esas lágrimas fueron la gota que colmó mi vaso y creyendo realmente que la cría
estaba angustiada, la abracé mientras intentaba consolarla.
Mariana al sentir mis brazos y llorando a moco tendido, me
confesó como mi madre la había convencido de seducirme y como al aceptar, no
había previsto los problemas que esa solución le iban a acarrear:
-Perdóname que te haya presionado para casarte conmigo pero
desde que te conozco, me has hecho sentir viva y necesito ser tuya.
Fue entonces cuando levantando su cara, llevó sus labios hasta
los míos y me besó. Ni que decir tiene que respondí con ardor a sus besos y
antes de que ninguno de los dos nos percatáramos de lo que estábamos a punto de
hacer, nos tumbamos en la cama mientras nuestras manos recorrían sin pudor nuestros
cuerpos. La urgencia con la que esa mujer buscaba mis caricias, demolió mis
últimas defensas y quitándole la parte superior de su bikini, hundí mi cara
entre sus pechos.
Aun sabiendo que me iba a excitar y que era un camino sin
retorno, lo hice a un ritmo lento, disfrutando de la tersura de su piel y de la
rotundidad de sus formas. Tanteando los acontecimientos, fui acercando mi boca
a sus pezones mientras acariciaba con mis manos esos dos monumentos. Eran
preciosos, duros al tacto, pero suaves bajo mis palmas. Sus negras aureolas se
contrajeron al sentir la acción mis dedos, de forma que cuando las toqué,
ya estaban erectas.
Quizás debía haber recapacitado antes, pero al hacerlo, mi pene
reaccionó irguiéndose debajo de mi traje de baño. Por eso, no caí en que la ex
monja había apartado su cara para que no viera como se mordía el labio por el
deseo.
-¡Qué bella eres!- exclamé al mamar por primera vez de esas
maravillas.
Mariana gimió calladamente al sentir mi boca jugueteando con sus
pezones y en voz alta, me rogó que la hiciera mía. La necesidad de sus gritos
curiosamente me calmó y deslizándome por su cuerpo, me fui acercando hasta su
pubis. Ni siquiera me hizo falta ser yo quien le quitara el tanga porque la
niñera al experimentar la caricia de mis besos, se excitó de tal manera que fue
ella misma la que se desprendió de esa prenda. Tal y como había anticipado, la
mujer llevaba su sexo exquisitamente depilado.
“¡Dios! ¡Qué maravilla!”, pensé al comprobar que su dueña se
había afeitado todo el vello dejando solo un pequeño triangulo que parecía
señalar el inicio de sus labios.
Pasmado ante tanta belleza, me entretuve acariciando los bordes
de su cueva sin hollarla. Mis lento avance fue calentando de sobre manera a Mariana
que no paraba de gemir. En un momento dado, cuando mis dedos rozaron su botón
del placer como si fuera por accidente, La mujer no pudo más y golpeando con
sus puños sobre el colchón me imploró que la tomara.
-Tranquila, mi amor- le dije sonriendo, tras lo cual reinicié mi
ataque.
Reconozco que siendo consciente de que su falta de experiencia y
de sus rígidos valores morales, me debía de haber detenido pero la tentación de
acariciar a ese pedazo de hembra era algo que no pude aguantar y menos cuando
al alzar la cara y mirarla, descubrí que la ex monja se estaba pellizcando los
pechos mientras me devolvía la mirada con deseo. Esa visión fue el banderazo de
salida, sin poderme ya retener, acerqué mi cara hasta su entrepierna y sacando
la lengua, me apoderé de su clítoris:
-¡No puede ser!- chilló descompuesta mientras separaba las
piernas para facilitar mis maniobras.
El sabor agridulce de su coño invadió mis papilas y
mientras recogía parte de su flujo, no tardé en escuchar sus gritos de
placer.
-¡Cómo me gusta!
La humedad que manaba de su entrepierna me confirmó que esa ex
monja realmente estaba excitada y prolongando su tortura metí mi lengua
dentro de su abertura con cuidado porque al separar sus labios me encontré con
su himen intacto. La certeza de que era virgen y que sería yo el primero en
hollar su interior, me indujo a ir más despacio mientras mi víctima se retorcía
sobre el colchón, presa de una inusitada pasión. Lentamente mis húmedas
caricias se hicieron más profundas y más rápidas al son marcado por la
respiración entrecortada de la mujer.
Al sentir que se aproximaba su clímax, me concentré en su botón
del placer y sustituyendo la lengua por los dientes, empecé a mordisquearlo
suavemente. Mariana incapaz de retener el cúmulo de sensaciones que estaba
asolando su cuerpo se dejó caer sobre la almohada y pegando un alarido se
corrió. Satisfecho y deseando que fuera inolvidable esa primera vez, comí y
bebí de su coño mientras ella unía sin pausa un orgasmo con el siguiente. No
paré de saborear el flujo que manaba del ardiente río en el que se había
transmutado su sexo hasta que su dueña pegando un último chillido se desplomó
sobre la cama.
Reconozco que me asusté al ver que se había desmayado y temiendo
que le pasaba algo grave intenté despertarla. Por mucho que lo intenté, Mariana
tardó unos minutos en volver en sí. Cuando lo hizo, abrió los ojos y me dedicó
la más maravillosa de las sonrisas diciendo:
-Ya puedo decir que soy mujer.
La alegría de su cara no disminuyó cuando llamándome a su lado,
me pidió:
-Desnúdate, ¡Quiero ser tuya!
La rotundidad de sus palabras me destanteó al recordar que ella
misma me había puesto como condición anteriormente el habernos casado y
queriendo confirmar ese extremo, le pregunté:
-¿Estas segura?
-Sí, bobo. Para mí, ya soy tu mujer- y recalcando sus deseos
llevó sus manos hasta mi pene para darle un pequeño apretón mientras me
soltaba: -Sé qué harás lo correcto.
Tras lo cual sin mediar palabra, me besó la cara y sin dejar de
hacerlo, bajó por mi cuello, recreándose en mi pecho. Comprendí que no me iba a
poder negar y con mi pene totalmente erecto esperé su llegada. La delicadeza
con la que se fue deslizando por mi cuerpo me terminó de excitar y babeando
ya totalmente dominado por sus caricias, sentí su aliento sobre mi
extensión.
La ex monja jugueteó con mi miembro unos segundos como indecisa.
Supe que no estaba segura de lo que hacer. Cuando estaba a punto de explicarle
como se hacía, sentí que sus labios se abrían y como si fuera un chupa-chups
empezaba a lamer los bordes de mi glande. La satisfacción que leyó en mi cara,
le dio nuevos ánimos y mientras con sus dedos acariciaba mis testículos, se
introdujo mi polla en el interior de su boca.
Como comprenderéis, no hizo falta mucho tiempo para que mi sexo
alcanzara su máximo tamaño. Al comprobarlo y actuando como posesa, se fue
metiendo y sacando mi talle cada vez más rápido. Mis gemidos ratificaron
que lo estaba haciendo bien y ya convencida de su pericia, abrió los labios y
usando su boca como si de una vagina se tratara, se lo introdujo hasta el fondo
de su garganta.
La placentera sensación que sentí al ver absorbida toda mi
extensión elevó mi excitación hasta límites insoportables y pidiendo que
parara, la levanté en mis brazos y la tumbé sobre la cama. Mariana
comprendió lo que iba a suceder y con una mezcla de deseo y de temor, me miró
al ver que separando sus piernas acercaba mi pene a su pubis.
Al hacerlo, vi su himen todavía intacto y cuidadosamente empecé
a jugar con él, al saber que esa sería la única posibilidad que tendría de
hacerlo porque a partir de ese día, esa tela blanquecina habría desaparecido
para siempre. Los primeros gemidos de la mujer no tardaron en llegar a mis
oídos.
Retorciéndose como una anguila, Mariana me rogó que la
hiciera mujer. Entonces, levantando sus piernas hasta mis hombros, acerqué la
cabeza de mi pene a su sexo y rozando con mi glande su clítoris antes de
penetrarla, conseguí que se volviera a excitar entre sollozos. Sabiendo que
estaba dispuesta, lentamente superé sin dificultad ese obstáculo, haciéndola
mujer. El breve dolor que sintió al ser desgarrada fue intenso pero
paulatinamente se fue diluyendo al experimentar el suave vaivén de mi pene en
su interior.
Gradualmente fue desapareciendo al irse relajando
sus músculos y entonces fue cuando aceleré la cadencia de mis
incursiones hasta ser un ritmo desbocado. La ex monja, por su parte, no se
podía creer como el placer la estaba poseyendo y cerrando sus manos, comenzó a
berrear su pasión al comprobar que le faltaba la respiración.
-Por favor, ¡No pares!-.
Sus palabras solo sirvieron para que acelerase aún más mi ritmo
y usando sus pechos como agarre, me lanzara en galope en busca de mi
placer. La nueva postura elevó todavía más su calentura y gritando se corrió al
sentir que regaba con mi simiente su sexo. El esfuerzo fue demasiado y se
desplomó sobre las sabanas mientras mi pene terminaba de eyacular en su
interior. Agotado y desgraciadamente totalmente subyugado por esa mujer, me
tumbé a su lado.
Durante unos minutos ninguno de los dos habló. Mariana había
cedido a ser mía sabiendo que aunque todavía no habíamos pasado por el altar,
había conseguido su objetivo y yo me había olvidado de mis reparos a volverme a
casar. Ese extraño silencio, se rompió cuando acercando su boca a mi oído me
susurró:
-Cariño, ¿Te importaría la próxima vez usar un condón? No quiero
que salir embarazada en las fotos de la boda.
Debí de sentirme ofendido al oírla pero reconociendo que estaba
colado por esa mujer, la besé mientras la contestaba:
-¡Ni lo sueñes!, ¡Haberlo pensado antes de quitarte las bragas!




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