¡Un cura me obliga a casarme con dos hermanas!
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El favor
Después de tres años trabajando para una Empresa en lo más
profundo de la India, había decidido volver a Mexico. Recuerdo la ilusión con la
que llegué a ese remoto lugar. Recién salido de la universidad y con mi futuro
asegurado gracias a la herencia de mis padres, me pareció lo mejor unirme a
Manos Unidas contra el hambre e irme como médico a la India,a una ciudad casi
cerrada a los extranjeros.
Pasado el plazo en el que me había comprometido, solo me quedaba
una semana en ese país cuando el padre Juan, un capuchino misionero, vino a
verme al hospital donde trabajaba. Conocía la labor de este cura entre los
Dalits, conocidos en Occidente como los Intocables por ser la casta más baja entre
los hindúes. Durante veinte años, este hombre se había volcado en el intento de
hacer más llevadera la vida de estos desgraciados. Habiendo convivido durante
ese tiempo, llegué a tener una muy buena relación con él, porque además de un
santurrón, este vizcaíno era un tipo divertido. Por eso no me extraño que
viniese a despedirse de mí.
Tras los saludos de rigor, el cura cogiéndome del brazo, me
dijo:
-Vamos a dar un paseo. Tengo que pedirte un favor-.
Que un tipo, como el padre Juan, te pida un favor es como si un
general ordena a un soldado raso hacer algo. Antes de que le contestara, sabía
que no me podía negar. Aun así, esperó a que hubiésemos salido de la misión
para hablar.
-Jorge-, me dijo sentándose en un banco, -sé que vuelves a la
patria-.
-Sí, Padre, me voy en siete días-.
-Verás, necesito que hagas algo por mí. Me has comentado de tu
posición desahogada en Mexico y por eso me atrevo a pedirte un pequeño
sacrificio para ti, pero un favor enorme para una familia que conozco-.
La seriedad con la que me habló fue suficiente para hacerme
saber que ese pequeño sacrificio no sería tan minúsculo como sus palabras
decían, pero aun así le dije que fuese lo que fuese se lo haría. El sacerdote
sonrió, antes de explicarme:
- Como sabes la vida para mis queridos Dalits es muy dura, pero
aún lo es más para las mujeres de esa etnia-, no hizo falta que se
explayara porque por mi experiencia sabía de la marginación en que vivían.
Avergonzado de pedírmelo, fue directamente al meollo diciendo: -Hoy me ha llegado
una viuda con un problema. Por lo visto la familia de su difunto marido quiere
concertar el matrimonio de sus dos hijas con un malnacido y la única forma que
hay de salvar a esas dos pobres niñas de un futuro de degradación es
adelantarnos-.
-¿Cuánto dinero necesita?-, pregunté pensando que lo que me
pedía era que pagara la dote.
-Poco, dos mil dolares..-, contestó en voz baja, -pero ese no es
el favor que te pido. Necesito que te las lleves para alejarlas de aquí porque
si se quedan, no tengo ninguna duda que ese hombre no dudará en raptarlas-.
Acojonado, por lo que significaba, protesté airado:
-Padre, ¿me está pidiendo que me case con ellas?-.
-Sí y no. Como podrás comprender, estoy en contra de la
poligamia. Lo que quiero es que participes en ese paripé para que puedas
llevártelas y ya en Mexico, podrás deshacer ese matrimonio sin dificultad. Ya
he hablado con la madre y está de acuerdo a que sus hijas se vayan contigo a Oaxaca
como tus criadas. Los dos mil dólares te los devolverán trabajando en tu casa-.
Tratando de escaparme de la palabra dada, le expliqué que era
improbable en tan poco espacio de tiempo que se pudiera conseguir el permiso de
entrada México. Ante esto, el cura me respondió:
-Por eso no te preocupes. He hablado con el arzobispo y ya ha
conseguido las visas de las dos muchachas-.
El muy zorro había maniobrado a mis espaldas y había conseguido
los papeles antes que yo hubiese siquiera conocido su oferta. Sabiendo que no
podía negarle nada a ese hombre, le pregunté cuando tenía que responderle.
-Jorge, como te conozco y sabía que dirías que sí, he quedado
con su familia que esta tarde te acompañaría a cerrar el trato-, contestó con
un desparpajo que me dejó helado y antes de que pudiese quejarme, me soltó: -
Por cierto, además de la dote, tienes que pagar la boda, son solo otros ochocientos
dólares-.
Viéndome sin salida, acepté pero antes de despedirme, le dije:
-Padre Juan, es usted un cabrón-.
-Lo sé, hijo, pero la divina providencia te ha puesto en mi
camino y quien soy yo, para comprender los designios del señor-.
La boda
Esa misma tarde en compañía del dominico, fui a ver a los
tutores de las muchachas y tras un tira y afloja de cuatro horas, deposité
ciento treinta mil rupias en manos de sus familiares en concepto de dote.
Al salir y debido a mi escaso conocimiento del hindú, pregunté al sacerdote
cuando se suponía que iba a ser la boda.
-Como te vas el próximo lunes y las bodas duran dos días, he
concertado con ellos que tendrá lugar el sábado a las doce. Saliendo de la
fiesta, os llevaré en mi coche a coger el avión. No me fío del otro
pretendiente. Si no te acompaño, es capaz de intentar llevárselas a la fuerza-.
Preocupado por sus palabras, le pregunté que quien era el
susodicho.
-El jefe de la policía local-, me respondió y sin darle
importancia, me sacó otros quinientos dólares para comprar ropa a mis futuras
esposas: -No querrás que vayan como pordioseras-.
Cabreado, me mantuve en silencio el resto del camino hasta mi
hotel. Ese curilla además de haberme puesto en peligro, haciendo cuentas me
había estafado más de seiscientas mil de las antiguas pesetas. El dinero me la
traía al pario, lo que realmente me jodía era que le hubiese importado un
carajo que un poli del tercer mundo, me tomara ojeriza y encima por un tema tan
serio como quitarle sus mujeres. Afortunadamente, vivía en un establecimiento
para occidentales, mientras me mantuviera en sus instalaciones era difícil que
ese individuo intentara algo en contra mía y por eso, desde ese día hasta el
viernes solo salí de él para ir al hospital y siempre acompañado de un representante
de la ONG para la que trabajaba.
Ese sábado, el padre Juan se acercó al hotel una hora antes de
lo que habíamos acordado. Traía un traje típico que debía ponerme junto con un
turbante profusamente bordado. Conociendo de antemano lo que se esperaba de mí,
me vestí y saliendo del establecimiento nos dirigimos hacia los barrios bajos
de la ciudad, ya que, la ceremonia tendría lugar en la casa de su tutor. Al
llegar a ese lugar, el jefe de la familia me presentó a la madre de las
muchachas con las que iba a contraer matrimonio. La mujer cogiendo mi mano
empezó a besarla, agradeciendo que alejara a sus hijas de su destino.
Me quedé agradablemente sorprendido al verla. Aunque avejentada,
la mujer que tenía en frente no podía negar que en su juventud había sido una
belleza. Vestida con un humilde sari, intuí que bajo esas telas se escondía un
apetecible cuerpo.
“¡Coño!, si la madre me pone bruto, que harán las hijas”,
recapacité un tanto cortado esperando que el dominico no se diese cuenta.
Haciéndonos pasar a un salón, me fueron presentando a los
familiares allí congregados. Busqué a mis futuras esposas pero no las vi y
siguiendo la costumbre me senté en una especie de trono que me tenían
preparado. Desde allí vi entrar al gurú, el cual acercándose a mí, me roció con
agua perfumada.
-Te está purificando-, me aclaró el cura al ver mi cara.
Al desconocer el ritual, le mostré mi extrañeza de no ver a las
contrayentes. Soltando una carcajada el padre Juan, me soltó:
-Hasta mañana, no las verás. Lo de hoy será como tu despedida de
soltero. Un banquete en honor a la familia y los vecinos. Mientras nosotros
cenamos, la madre y las tías de tus prometidas estarán adornando sus cuerpos y
dándoles consejos de cómo comportarse en el matrimonio-.
Sus palabras me dejaron acojonado y tratando de desentrañar su
significado, le solté:
-Padre, ¿está seguro que ellas saben que es un paripé?-.
El cura no me contestó y señalando a un grupo de músicos, dijo:
-En cuanto empiece la música, vendrán los primos de las crías a
sacarte a bailar. Te parecerá extraño, pero su misión es dejar agotado al
novio-.
-No entiendo-.
-Así se aseguran que cuando se encuentre a solas con la novia,
no sea excesivamente fogoso-.
No me dejaron responderle porque cogiéndome entre cinco o seis
me llevaron en volandas hasta el medio de la pista y durante dos horas, me
tuvieron dando vueltas al son de la música. Cuando ya consideraron que era
suficiente, dejaron que volviera a mi lugar y empezó el banquete. De una
esquina del salón, hicieron su aparición las mujeres trayendo en sus brazos una
interminable sucesión de platos que tuve que probar.
Los tíos de mis prometidas me llevaron a su mesa, tratando de
congraciarse con el extranjero que iba a llevarse a sus sobrinas. Usando al
cura como traductor, se vanagloriaban diciendo que las hembras de su familia
eran las más bellas de la aldea. A mí, me importaba un carajo su belleza, no en
vano, no guardaba en mi interior otra intención que hacerle un favor al
dominico, pero haciendo gala de educación puse cara de estar interesado y con
monosílabos, fui contestando a todas sus preguntas.
El ambiente festivo se vio prolongado hasta altas horas de la
madrugada, momento en que me llevaron junto al cura a una habitación aneja. Al
quedarme solo con él, intenté que me aclarara mis dudas pero aduciendo que
estaba cansado, me dejó con la palabra en la boca y haciendo caso omiso de mi
petición, se puso a rezar.
A la mañana siguiente, el tutor de mis prometidas nos despertó
temprano. Trayendo el té, se sentó y mientras charlaba con el padre Juan,
ordenó a uno de sus hijos que ayudara a vestirme. Aprovechando que los dos
ancianos hablaban entre ellos, pregunté a mi ayudante por sus primas. Este
sonriendo me soltó que eran diferentes a la madre y que no me preocupara.
En ese momento, no comprendí a que se refería y tratando de
sonsacarle el significado, pregunté si acaso no eran guapas. Soltando una
carcajada, me miró y haciendo gestos, me tranquilizó al hacerme comprender que
eran dos bellezas. Creyendo entonces que se refería a que tenían mal carácter,
insistí:
-¡Que va!, son dulces y obedientes-, me contestó y poniendo un
gesto serio, prosiguió diciendo: -Si lo que teme es que sean tercas, la primera
noche azótelas y así verán en usted la autoridad de un gurú-.
Lo salvaje del trato, al que tenían sometidas a las mujeres en
esa parte del mundo, evitó que siguiera preguntando y en silencio esperé a que
me terminara de vestir. Una vez ataviado con el traje de ceremonia, pasamos
nuevamente al salón y de pie al lado del trono, esperé a que entraran las dos
muchachas.
Un murmullo me alertó de su llegada y con curiosidad, giré mi
cabeza para verlas. Precedidas de la madre y las tías, mis prometidas hicieron
su aparición bajo una lluvia de pétalos. Vestidas con sendos saris dorados y
con un grueso tul tapando sus rostros, las dos crías se sentaron a mi lado y
sin dirigirme la mirada, esperaron a que diera inicio la ceremonia.
Antes que se sentaran, pude observar que ambas crías tenían un
andar femenino y que debían medir uno sesenta y poca cosa más. Habían sido unos
pocos segundos y sabiendo que debía evitar mirarlas porque sería descortés, me
tuve que quedar con las ganas de saber cómo eran realmente.
Gran parte de la ceremonia discurrió sin que me enterase de
nada. Dicha confusión se debía básicamente a mi mal conocimiento del Hindi,
pero también a mi completa ignorancia de la cultura local y por eso en
determinado momento, tuvo que ser el propio cura quién me avisara que iba a dar
comienzo la parte central del ritual y que debía repetir las frases que el
brahmán dijera.
Vi acercarse al sacerdote hindú, el cual cogiendo las
manos de mis prometidas, las llevó a mis brazos y en voz alta, pronunció
los votos. Al oír el primero de los votos, me quedé helado pero sabiendo que
debía recitarlo, lo hice sintiendo las manos de las dos mujeres apretando mis
antebrazos:
-Juntos vamos a compartir la responsabilidad de la casa-.
Aunque difería en poco del sacramento católico en cuanto al
fondo, no así en la forma y preocupado por el significado de mi compromiso, en
voz alta acompañé a mis prometidas mientras juraban:
-Juntos vamos a llenar nuestros corazones con fuerza y coraje-.
-Juntos vamos a prosperar y compartir nuestros bienes
terrenales-.
-Juntos vamos a llenar nuestros corazones con el amor, la paz,
la felicidad y los valores espirituales-
-Juntos seremos bendecidos con hijos amorosos-.
-Juntos vamos a lograr el autocontrol y la longevidad-.
Pero de los siete votos el que realmente me desconcertó fue el
último. Con la voz encogida, no pude dejar de recitarlo aunque interiormente
estuviese aterrorizado:
-Juntos vamos a ser los mejores amigos y eternos compañeros-.
“¡Puta madre!, a mí me da lo mismo, pero si estas crías son
practicantes, han jurado ante sus dioses que se unen a mí eternamente”, pensé
mientras buscaba con la mirada el rostro del cura. "Será cabrón, espero
que me explique que es todo esto”.
La ceremonia y el banquete se prolongaron durante horas y por
mucho que intenté hacerme una idea de las muchachas, no pude. Era la madrugada
del domingo al lunes y cuando ya habían acabado los fastos y me subía en un
carro tirado por caballos, fue realmente la primera vez que pude contemplar
sus caras. Levantándose el velo que les cubría, descubrí que me había casado
con dos estupendos ejemplares de la raza hindú y que curiosamente me resultaban
familiares. Morenas con grandes ojos negros, tanto Veronica como Mariana tenían
unas delicadas facciones que unidas a la profundidad de sus miradas, las
convertía en dos auténticos bellezones.
Deslumbrado por la perfección de sus rasgos, les ayudé a subirse
al carruaje y bajo un baño de flores, salimos rumbo a nuestro futuro. El cura
había previsto todo y a los pocos metros, nos estaba esperando su coche para
llevarnos directamente al aeropuerto y fue allí donde me enteré que aunque con
mucho acento, ambas mujeres hablaban español al haber sido educadas en el
colegio de los capuchinos.
Aprovechando el momento, me encaré con el padre Juan y cabreado,
le eché en cara el haberme engañado. El dominico, con una sonrisa, me respondió
que no me había estafado y que él había insistido a la madre que les dijese ese
matrimonio era un engaño. Al ver mi insistencia, tuvo que admitir que no lo
había tratado directamente con las dos muchachas pero que confiaba en que
fueran conscientes del trato.
-Jorge, si tienes algún problema, llámame- me dijo
poniendo en mi mano sus papeles.
La segunda sorpresa que me deparaba el haberme unido a esas
mujeres fue ver sus nombres en los pasaportes, porque siguiendo la costumbre
hindú sus apellidos habían desaparecido y habían adoptado los míos, así que en
contra de la lógica occidental, ellas eran oficialmente Veronica y Verónica Santibáñez
de Aguilera.
El viaje
En la zona de embarque, me despedí del cura y entregando los
tres pasaportes a un agente, entramos en el interior del aeropuerto. No me
tranquilicé hasta que pasamos el control de seguridad porque era casi imposible
que un poli del tres al cuarto pudiera intentar hacer algo en la zona
internacional. Como teníamos seis horas para que saliera nuestro avión,
aproveché para hablar con las dos hermanas. Se las veía felices por su nuevo
estado y tratándome de agradar, ambas competían en quien de las dos iba a ser
la encargada de llevar las bolsas del equipaje. Tratando de hacer tiempo,
recorrimos las tiendas de la terminal. Al hacerlo, vi que se quedaban
encandiladas con una serie de saris que vendían en una de las tiendas y
sabiendo lo difícil que iba a ser comprar algo parecido en Oaxaca, decidí
regalárselos.
-El dueño de la casa donde viviremos ya se ha gastado bastante
en la boda. Ni mi hermana ni yo los necesitamos-, me respondió la mayor, Mariana,
cuando le pregunté cual quería.
“El dueño de la casa donde viviremos”, tardé en entender que se
refería a mí, debido a que siguiendo las normas inculcadas desde niñas, en la
india las mujeres no se pueden dirigir a su marido por su nombre y para ello,
usan una serie de circunloquios. Cuando caí que era yo y como no tenía ganas de
discutir, me impuse diciendo:
-Si no los aceptas, me estás deshonrando. Una mujer debe de
aceptar los obsequios que le son ofrecidos-.
Bajando la cabeza, me pidió perdón y junto con su hermana Veronica,
empezaron a elegir entre las distintas telas. Cuando ya habían seleccionado un
par de ellos, fue la pequeña la que postrándose a mis pies, me informó:
-Debemos probarnos sus regalos-.
Sin entender que era lo que quería, le pregunté:
-¿Y?-.
-Una mujer casada no puede probarse ropa en un sitio público sin
la presencia de su marido-.
Comprendí que, según su mentalidad, tenía que acompañarlas al
probador y completamente cortado, entré en la habitación habilitada para ello.
La encargada, habituada a esa costumbre, me hizo sentar en un sillón y mientras
esperaba que trajeran las prendas, me sirvió un té:
-Son muy guapas sus esposas-, dijo en un perfecto inglés,- se
nota que están recién casados-.
Al llegar otra dependienta con las telas, preguntaron cuál de
las dos iba a ser la primera en probarse. Veronica, la pequeña, se ofreció de
voluntaria y riéndose se puso en mitad del probador. Desde mi asiento y más
excitado de lo que me hubiese gustado reconocer, fui testigo de cómo las
empleadas la ayudaban a retirarse el sari, dejándola únicamente con una blusa
corta y pegada, llamada Choli y ropa interior. No pude dejar de reconocer que
esa cría de dieciocho años era un bombón. Sus piernas largas y bien perfiladas
serían la envidia de cualquier adolescente mexicana.
Mientras su hermana se probaba la ropa, Mariana, arrodillada a
mi lado, le decía en hindi que no fuese tan descocada. Al ver mi cara de
asombro, poniéndose seria, me dijo:
-Le aseguro que mi pequeña es pura pero es la primera vez que se
prueba algo nuevo-.
-No tengo ninguna duda-, contesté sin dejar de contemplar la
hermosura de su cuerpo.
Habiendo elegido los que quería quedarse, le tocó el turno a la
mayor, la cual sabiéndose observada por mí, bajó la mirada, al ser desnudada.
Si Veronica era impresionante, su hermana no tenía por qué envidiarla. Igual de
bella pero con un par de kilos más rellenando su anatomía, era una diosa.
Pechos grandes que aun ocultos por la choli, se me antojaron maravillosos y que
decir de su trasero, que sin un solo gramo de grasa, era el sueño de cualquier
hombre.
“Menudo panorama”, pensé al percatarme que iba a tener que
convivir con esos dos portentos de la naturaleza durante algún tiempo en mi
chalet del Plantío. “El padre Juan no sabe lo que ha hecho, me ha metido la
tentación en casa”.
-Nuestro guía no va a tener queja de nosotras, hemos sido
aleccionadas por nuestra madre-, me explicó Veronica sacándome de mi
ensoñación, -sabremos hacerle feliz-.
Al oír sus palabras y uniéndolas con el comentario de su
hermana, me di cuenta que esas dos mujeres desconocían por completo el acuerdo
que su progenitora había llegado con el cura. Creían que nuestro matrimonio era
real y que ellas iban a Mexico en calidad de esposas con todo lo que
significaba. Asustado por las dimensiones del embrollo en el que me había
metido, decidí que nada más llegar a Oaxaca, iba a dejárselo claro.
Al pagar e intentar coger las bolsas con las compras, las
hermanas se me adelantaron. Recordé que era la mujer quien cargaba la compra en
la India y por eso, no hice ningún intento de quitárselas y recorriendo el
pasillo del aeropuerto, busqué un restaurante donde comer. Conociendo sus
hábitos vegetarianos y no queriendo parecer un animal sin alma, elegí un restaurante
hindú en vez de meterme en un Burger, que era lo que realmente me apetecía.
“Cómo echo de menos un buen entrecot”, pensé al darme el
camarero la carta.
Al no saber qué era lo que esas niñas comían, decidí que lo más
sencillo era que ellas pidieran pero sabiendo sus reparos medievales,
dije a la menor, si es que se puede llamar así a una cría de veinte años:
-Mariana, no me apetece elegir. Quiero que lo hagas tú-.
La joven se quedó petrificada, no sabiendo que hacer. Tras unos
momentos de confusión y después de repasar cuidadosamente el menú, me contestó:
-Espero que sea del agrado del cabeza de nuestra familia, mi
elección-, tras lo cual llamando al empleado, le pidió un montón de platos.
El pobre hombre al ver la cantidad de comida que le estaba
pidiendo, dirigiéndose a mí, me informó:
-Temo que es mucho. No podrán terminarlo-.
Había puesto a la muchacha en un brete sin darme cuenta. Si
pedía poca cantidad y me quedaba con hambre, podría castigarla. Y en cambio sí
se pasaba, podría ver en ello una ligereza impropia de una buena ama de casa.
Sabiendo que no podía quitarle la palabra, una vez se la había dado,
tranquilicé al empleado y le ordené que trajera lo que se le había pedido. Solo
me di cuenta de la barbaridad de lo encargado, cuando lo trajo a la mesa. Al no
quedarme más remedio, decidí que tenía que terminarlo. Una hora más tarde y con
ganas de vomitar, conseguí acabármelo ante la mirada pasmada de todo el
restaurant.
Mi acto no pasó inadvertido y susurrándome al oído, Mariana me
dijo:
-Gracias, sé que lo ha hecho para no dejarme en ridículo-, y por
vez primera, esa mujer hizo algo que estaba prohibido en su tierra natal,
tiernamente cogió mi mano en público.
No me cupo ninguna duda que ese sencillo gesto, hubiese
levantado ampollas en su ciudad natal, donde cualquier tipo de demostración de
cariño estaba vedado fuera de los límites del hogar. Sabiendo que no podía
devolvérselo sin avergonzarla, pagué la cuenta y me dirigí hacia la puerta de
embarque. Al llegar pude notar el nerviosismo de mis acompañantes, al
preguntarles por ello, Veronica me contestó:
-Hasta hoy, no habíamos visto de cerca un avión-.
Su mundo se limitaba a la dimensión de su aldea y que todo lo
que estaba sintiendo las tenía desbordadas, por eso, las tranquilicé diciendo
que era como montarse en un autobús, pero que en vez de ir por una carretera
iba surcando el cielo. Ambas escucharon mis explicaciones en silencio y
pegándose a mí, me acompañaron al interior del aeroplano. Al ser un vuelo tan
pesado, decidí con buen criterio sacar billetes de primera pero lo que no me
esperaba es que fuese casi vacío, de forma que estábamos solos en el
compartimento de lujo. Aunque teníamos a nuestra disposición muchos asientos,
las muchachas esperaron que me sentara y entonces se acomodaron cada una a un
lado.
Como para ellas todo era nuevo, les tuve que explicar no solo
donde estaba el baño sino también como abrocharse los cinturones. Al trabar el
de Veronica, mi mano rozó la piel de su abdomen y la muchacha lejos de
retirarse, me miró con deseo. Incapaz de articular palabra, no pude disculparme
pero al ir a repetir la operación con su hermana, ésta cogiendo mi mano la pasó
por su ombligo, mientras me decía:
-Un buen maestro repite sus enseñanzas-.
Ni que decir tiene que saltando como un resorte, mi sexo
reaccionó despertando de su letargo. Las mujeres al observarlo se rieron
calladamente, intercambiando entre ellas una mirada de complicidad.
Avergonzado porque me hubiesen descubierto, no dije nada y cambiando de
tema, les conté a que me dedicaba.
Tanto Mariana como Veronica se quedaron encantadas de saber que
el hombre con el que se habían desposado era un médico porque según ellas así
ningún otro hombre iba a necesitar verlas desnudas. Solo imaginarme ver a esa
dos preciosidades como las trajo Dios al mundo, volvió a alborotar mi
entrepierna. La mayor de las dos sin dejar de sonreír, me explicó que tenía frio.
Tonto de mí, no me di cuenta de que pretendía y cayendo en su
trampa, pedí a la azafata que nos trajera unas mantas. Las muchachas esperaron
que las tapara y que no hubiese nadie en el compartimento, para pegarse a mí y
por debajo de la tela, empezaron a acariciarme. No me esperaba esos arrumacos y
por eso no fui capaz de reaccionar, cuando sentí que sus manos bajaban mi
cremallera liberando mi pene de su encierro y entre las dos me empezaron a
masturbar. Al tratar de protestar, Veronica poniendo su dedo en mi boca, me
susurró:
-Déjenos-.
Los mimos de las hermanas no tardaron en elevar hasta las
mayores cotas de excitación a mi hambriento sexo, tras lo cual desabrochándose
las blusas, me ofrecieron sus pechos para que jugase yo también. Mis dedos
recorrieron sus senos desnudos para descubrir que como había previsto eran
impresionantemente firmes y suaves. Solo la presencia cercana de la empleada de
la aerolínea evitó que me los llevara a la boca. Ellas al percibir mi
calentura, acelerando el ritmo de sus caricias y cuando ya estaba a punto de
eyacular, tras una breve conversación entre ellas, vi como Mariana desaparecía
bajo la manta. No tardé en sentir sus labios sobre mi glande. Sin hacer ruido,
la mujer se introdujo mi sexo en su garganta mientras su hermana me masajeaba
suavemente mis testículos.
Era un camino sin retorno, al sentir que el clímax se acercaba,
metí mi mano por debajo de su Sari y sin ningún recato, me apoderé de su
trasero. Sus duras nalgas fueron el acicate que me faltaba para explotar en su boca.
La muchacha al sentir que me vaciaba, cerró sus labios y golosamente se bebió
el producto de mi lujuria. Tras lo cual, saliendo de la manta, me dio su primer
beso en los labios y mientras se acomodaba la ropa, me dijo:
-Gracias-.
Anonadado comprendí que si antes de despegar esas dos bellezas
ya me habían hecho una mamada, difícilmente al llegar a Oaxaca iba a cumplir
con lo pactado. Las siguientes quince horas encerrado en el avión, iba a ser
una prueba imposible de superar. Aun así con la poca decencia que me quedaba,
decidí que una vez en casa darles la libertad de elegir. No quería que fuera
algo obligado el estar conmigo.
Tratando de comprender su comportamiento, les pregunté por su
vida antes de conocerme. Sus respuestas me dejaron helado, por lo visto, su
madre al quedarse viuda no tuvo más remedio para sacarlas adelante que ponerse
a limpiar en la casa del policía que las pretendía. Ese hombre era tan mal
bicho que a la semana de tenerla trabajando, al llegar una mañana, la violó
para posteriormente ponerla a trabajar en un burdel.
Con lágrimas en los ojos, me explicaron que como necesitaba el
dinero y nadie le daba otro trabajo, no lo había denunciado. Todo el mundo en
el pueblo sabía lo sucedido y a que se dedicaba y por eso la pobre mujer las había
mandado al colegio de los monjes dominicos. Al alejarlas de su lado, evitaba
que sufrieran el escarnio de sus vecinos pero sobre todo las apartaba de ese
mal nacido.
“Menuda vida” pensé disculpando la encerrona del cura. El
santurrón había visto en mí, una vía para que esas dos niñas no terminaran
prostituyéndose como la madre. Cogiéndoles las manos, les prometí que en Oaxaca,
nadie iba a forzales a nada. No había acabado de decírselo, cuando con voz
seria Veronica me replicó:
-El futuro padre de nuestros hijos no necesitará obligarnos,
nosotras les serviremos encantadas, pero si no le cuidamos adecuadamente es su
deber hacérnoslo saber y castigarnos-
La sumisión que reflejaba sus palabras no fue lo que me
paralizó, sino como se había referido a mi persona. Esas dos crías tenían
asumido plenamente que yo era su hombre y no les cabía duda alguna que sus
vientres serían germinados con mi semen. Esa idea, que hasta hacía unas pocas
horas me parecía inverosímil, me pareció atrayente y en vez de rectificarla, lo
dejé estar. Mariana que era la más inteligente de las dos, se dio cuenta de mi
silencio y malinterpretándolo, llorando me preguntó:
-¿No nos venderá al llegar a su país?-.
Al escucharla comprendí su miedo, y acariciando su mejilla,
respondí:
-Jamás haría algo semejante. Vuestro sufrimiento se ha acabado,
me comprometí a cuidaros y solo me separaré de vosotras, si así me lo
pedís-.
Escandalizadas, me contestaron al unísono:
-Eso no ocurrirá, hemos jurado ser sus eternas compañeras y así
será-.
Aunque eso significaba unirme de por vida a ellas, escuché con
satisfacción sus palabras, tras lo cual les sugerí que descansaran porque el
viaje era largo. La más pequeña acurrucándose a mi lado, me dijo al oído
mientras su mano volvía a acariciar mi entrepierna:
-Mi hermana ya ha probado su virilidad y no es bueno que haya
diferencias-.
Solté una carcajada al oírla. Aunque me apetecía, dos mamadas
antes de despegar era demasiado y por eso pasando mi mano por su pecho le
contesté:
-Tenemos toda una vida para lo hagas-.
Poniendo un puchero pero satisfecha de mis palabras, posó su
cabeza en mi hombro e intentó conciliar el sueño. Su hermana se quedó pensativa
y después de unos minutos, no pudo contener su curiosidad y me soltó:
-Disculpe que le pregunte, ¿tendremos que compartir marido con
alguna otra mujer?-.
Tomándome una pequeña venganza hice como si no hubiese escuchado
y así dejarla con la duda. El resto del viaje pasó con normalidad y no
fue hasta que el piloto nos informó que íbamos a aterrizar cuando despertándolas
les expliqué que no tenía ninguna mujer. También les pedí que, como en Mexico
estaba prohibida la poligamia, al pasar por el control de pasaportes y
aprovechando que en nuestros pasaportes teníamos los mismos apellidos, lo mejor
era decir que éramos hermanos por adopción. Las muchachas, nada más terminar,
me dijeron que, si les preguntaban, confirmarían mis palabras.
-Sé que es raro pero buscaré un abogado para buscar la forma de
legalizar nuestra unión-.
Veronica, al oírme, me dio un beso en los labios, lo que provocó
que su hermana, viendo que la azafata pululaba por el pasillo, le echase una
bronca por hacerlo en público.
“Qué curioso”, pensé, “no puso ningún reparo a tomar en su boca
mi sexo y en cambio se escandaliza de una demostración de cariño”.
Al salir del avión y recorrer los pasillos del aeropuerto, me
percaté que la gente se volteaba a vernos.
“No están acostumbrados a ver a mujeres vestidas de sari”, me
dije en un principio pero al mirarlas andar a mi lado, cambié de opinión; lo
que realmente pasaba es que eran un par de bellezas. Orgulloso de ellas, llegué
al mostrador y al dar nuestros pasaportes al policía, su actitud hizo que
mi opinión se confirmara. Embobado, selló las visas sin apenas fijarse en los
papeles que tenía enfrente porque su atención se centraba exclusivamente en
ellas.
-Están casadas-, solté al agente, el cual sabiendo que le había
pillado, se disculpó y sin más trámite, nos dejó pasar.
Mariana, viendo mi enfado, me preguntó qué había pasado y
al explicarle el motivo, se sonrió y excusándolo, dijo:
-No se debe haber fijado en que llevamos el bindi rojo-.
Al explicarle que nadie en Mexico sabía que el lunar rojo de su
frente significaba que estaba casada, me miró alucinada y me preguntó que como
se distinguía a una mujer casada. Como no tenía ganas de explayarme, señalando
el anillo de una mujer, le conté que al casarse los novios comparten alianzas.
Su reacción me cogió desprevenido, poniéndose roja como un tomate, me rogó que les
compraras uno a cada una, porque no quería que pensaran mal de ellas.
-No te entiendo-, dije.
-No es correcto que dos mujeres vayan con un hombre por la calle
sino es su marido o que en el caso que estén solteras, éste no sea un
familiar-.
Viendo que desde su punto de vista, tenía razón, prometí que los
encargaría.
Al llegar a la sala de recogida de equipajes, con satisfacción,
comprobé que nuestras maletas ya habían llegado y tras cargarlas en un carrito,
nos dirigimos hacia la salida. Nadie nos paró en la aduana, de manera que
en menos de cinco minutos habíamos salidos y nos pusimos en la cola del Taxi.
Estaba charlando animadamente con las dos hermanas cuando, sin previo aviso,
alguien me tapó los ojos con sus manos. Al darme la vuelta, me encontré de
frente con María, una vieja amiga de la infancia, la que sin percatarse que
estaba acompañado, me dio dos besos y me preguntó que cuando había vuelto.
-Ahora mismo estoy aterrizando-, contesté.
-¡Qué maravilla!, ahora tengo prisa pero tenemos que hablar, ¿Por
qué no me invitas a cenar el viernes en tu casa? y así nos ponemos al día.
-Hecho- respondí sin darme cuenta al despedirme que ni siquiera
le había presentado a mis acompañantes.
Las muchachas que se habían quedado al margen de la
conversación, estaban enfadadas. Sus caras reflejaban el cabreo que
sentían pero, realmente no reparé en cuanto, hasta que oí a Veronica
decir a su hermana en español para que yo me enterara:
-¿Has visto a esa mujer?, ¿quién se cree que es para besar a
nuestro marido y encima auto invitarse a casa?-.
Al ver que estaba celosa, estuve a punto de intervenir cuando
para terminarla de joder, escuché la contestación de su hermana:
-Debe de ser su prima porque, si no lo es, este viernes escupiré
en su sopa-.
“Mejor me callo”, pensé al verlas tan indignadas y subiéndonos a
un taxi, le pedí al conductor que nos llevara a casa pero que en vez de
circunvalar Oaxaca, lo cruzara porque quería que las muchachas vieran la ciudad.
Con una a cada lado, fui explicándoles nuestro camino. Ellas no salían de su
asombro al ver los edificios y la limpieza de las calles, pero contra toda
lógica lo único que me preguntaron era porque había tan pocas bicicletas y que
donde estaban los niños.
Solté una carcajada al escucharlas, tras lo cual, les conté que
en Mexico no había tanta costumbre de pedalear como en la India y que si
no veían niños, no era porque los hubieran escondido sino porque no había.
-La pareja mexicana tiene un promedio de 1.8 niños. Es una
sociedad de viejos-, les dije recalcando mis palabras.
Veronica hablando en hindi, le dijo algo a Mariana que no
entendí pero que la hizo sonreír. Cuando pregunté que había dicho, la pequeña
avergonzada respondió:
-No se enfade conmigo, era un broma. Le dije a mi hermana que
los mexicanos eran unos vagos pero que estaba segura que el padre de nuestros
futuros hijos iba pedalear mucho nuestras bicicletas.
Ante semejante burrada, ni siquiera el taxista se pudo
contener y juntos soltamos una carcajada. Al ver que no me había
disgustado, las dos hermanas se unieron a nuestras risas y durante un buen rato
un ambiente festivo se adueñó del automóvil. Ya estábamos cogiendo la autopista
cuando les expliqué que vivía en una pequeña cabaña cerca de donde estábamos.
Asintiendo, Mariana me preguntó si tenía tierra donde cultivar porque a ella le
encantaría tener una huerta. Al contestarle que no hacía falta porque en Oaxaca
se podía comprar comida en cualquier lado, ella me respondió:
-No es lo mismo, Shakti favorece con sus dones a quien hace
germinar al campo-, respondió haciendo referencia a la diosa de la fertilidad.
“O tengo cuidado, o estas dos me dan un equipo de futbol”, pensé
al recapacitar en todas las veces que habían hecho aludido al tema.
Estaba todavía reflexionando sobre ello, cuando el taxista paró
en frente de mi casa. Sacando dinero de mi cartera, le pagué. Al bajarme y
sacar el equipaje, vi que las muchachas lloraban.
-¿Qué os ocurre?-, pregunté.
-Estamos felices al ver nuestro hogar. Nuestra madre vive en una
casa de madera y jamás supusimos que nuestro destino era vivir en una casa de
piedra-.
Incómodo por su reacción, abriendo la puerta de la casa y
mientras metía el equipaje, les dije que pasaran pero ellas se
mantuvieron fuera. Viendo que algo les pasaba, les pregunté que era:
-Hemos visto películas occidentales y estamos esperando que
nuestro marido nos coja en sus brazos para entrar-.
Su ocurrencia me hizo gracia y cargando primero a Mariana, la
llevé hasta el salón, para acto seguido volver a por su hermana. Una vez
los tres reunidos, las dos muchachas no dejaban de mirar a su alrededor
completamente deslumbradas, por lo que para darles tiempo a similar su nueva
vida, les enseñé la casa. Sirviéndoles de guía las fui llevando por el jardín,
la cocina y demás habitaciones pero lo que realmente les impresionó fue
mi cuarto, por lo visto jamás habían visto una King Size y menos una bañera con
jacuzzi. Verlas al lado de mi cama, sin saber qué hacer, fue lo que me motivó a
abrazarlas. Las dos hermanas pegándose a mí, me colmaron de besos y de caricias
pero cuando ya creía que íbamos a acabar acostándonos, la mayor, arrodillándose
a mis pies, dijo:
-Disculpe nuestro amado. Hoy va a ser la noche más importante de
nuestras vidas pero antes tenemos que preparar, como marca la tradición,
el lecho donde nos va a convertir en mujeres plenas-.
“¡Mierda con la puta tradición!”, refunfuñé en mi interior pero
como no quería parecer insensible, le pregunté si necesitaban algo.
Mariana me dijo si había alguna tienda donde vendieran flores.
Al contestarle que sí, me pidió si podía llevar a su hermana a elegir unos
cuantos ramos porque era muy importante para ellas. No me pude negar porque aún
cansado, la perspectiva de tenerlas en mis brazos era suficiente para dar la
vuelta al mundo. Al subirme en el coche con Veronica, ella coquetamente
esperó a que le abrochase el cinturón, momento que aproveché para acariciarle
el pecho. Al no haber público, la muchacha no solo se dejó hacer sino que
despojándose de su blusa, me los ofreció diciendo:
-Son suyos-.
Su mirada inocente me hizo ser tierno y cogiéndolos en mis
manos, los acaricié antes de llevar mi lengua a ellos. Su piel realzaba la
belleza de sus senos. Con el tamaño y la firmeza exacta, esperaron mis mimos.
Al juguetear con mi lengua en su aureola, su dueña emitió un gemido confirmando
su deseo y asiendo su pezón entre mis dedos, lo encontré dispuesto. Sin más
dilación, me lo metí en la boca. La muchacha, completamente entregada, puso su
otro pecho a mi alcance mientras acariciaba con su otra mano mi entrepierna. Mi
sexo reaccionó irguiéndose, momento que Veronica aprovechó para, sin ningún
recato, con su mirada pedirme permiso.
Le respondí acomodándome.
La joven se puso de rodillas sobre su asiento y deslizándose
sobre mi cuerpo, pasó su lengua sobre las comisuras de mi glande antes de con
una sensualidad imposible de describir, irse introduciendo lentamente mi sexo
en su boca. La lentitud con la que lo hizo, me permitió sentir la frescura de
sus labios recorriendo cada porción de la piel de mi pene.
Increíblemente, no paró hasta que su garganta absorbió por completo toda mi
extensión y entonces usando su boca como si de su sexo se tratara, empezó con
un suave vaivén que me hizo suspirar.
Al comprobar que me gustaba, aceleró su ritmo lentamente
mientras con sus dedos masajeaba mis testículos. La cadencia de sus movimientos
se fue convirtiendo en desenfrenada y sin poderme aguantar, eyaculé en su
interior. La muchacha no se quedó satisfecha hasta que consiguió exprimir
la última gota de mi sexo y solo entonces, dándome un beso, me hizo probar el
sabor de mi semen. Si no llega a ser porque nos esperaban y sobre todo porque
cuando la poseyera debía de hacerlo siguiendo sus reglas, juro que allí mismo
la hubiese hecho el amor. Menos mal que la poca coherencia que me quedaba me
obligó a separarla y decirle que debíamos irnos.
Veronica, sonriendo, me susurró:
-Mi hermana y yo, ya estamos en paz. Estoy deseando contarle que
tiene razón-.
-¿Razón?-.
-En el avión, después de probarla, me dijo que el sabor de
la Leche de nuestro marido era un manjar-.
Confuso por la confesión de la muchacha, encendí el coche. El
camino hasta el centro comercial me sirvió para recapacitar sobre la actitud de
las muchachas sobre el sexo. Por su educación, puertas afuera eran unas
mojigatas, pero bajo el amparo del hogar, esas crías se estaban mostrando como
unas amantes insaciables.
“A este paso, voy a tener que agenciarme una tonelada de
Viagra”.
Ya en el centro comercial, la muchacha se agenció de todas las
rosas que había en la floristería y al pasar por una frutería, me preguntó si
teníamos comida en la casa. Como le contesté que no, cogiéndome del brazo,
entró en el local y como niña con zapatos nuevos, lleno medio carrito con
diferentes frutas y verduras.
Había pasado una hora desde que salimos del chalet. Al
llegar, Mariana nos saludó en la entrada al modo tradicional, uniendo las manos
y arrodillándose, tras quitarme los zapatos, me puso unas babuchas que había
sacado de mi equipaje. Ese acto de sumisión inaudita a los ojos de una
occidental, ella lo realizó con una sonrisa de satisfacción en su cara, no en
vano la habían educado para servir y por primera vez se lo hacía a alguien que
consideraba propio, su marido. Mirándola, descubrí que iba descalza.
Veronica, al entrar con las compras, se quitó sus sandalias
dejándolas a un lado de la puerta y corriendo, se fue a la cocina. Sus
movimientos denotaban una femineidad difícil de encontrar en las
occidentales. A su hermana, no le pasó desapercibida la forma en que miré
a la muchacha cuando salía y un poco celosa, me dijo:
-Mi hermana es muy hermosa-.
Sabiendo que a las hindúes les encantan los piropos pero que no
podía caer en la grosería de menospreciar a una para ensalzar a otra,
respondí mientras acariciaba su mejilla:
-Sí, pero ¿qué es más bello, una flor o un colibrí?-.
Al oírme, se sonrojó. En ese momento no caí en la cuenta que en
la India, ese pajarillo era el ave del amor y que mis palabras, eran una
declaración en toda regla. Al no estar habituada a ese tipo de galanterías, se
puso nerviosa y tratando de devolverme el piropo, me soltó:
-Nuestro marido es un búfalo-.
Aunque sabía por mi estancia en ese país que ese animal era
considerado casi un Dios al ser el motor de su economía, ya que, se usaba
para arar las tierras y sus excrementos eran el único abono que disponían, no
pude evitar reírme y contestarle:
-Espero que no sea por los cuernos-.
La cría no me entendió y cuando, recalcándole que era broma, le
expliqué el significado en español, se echó a reír pidiéndome perdón. Siguiendo
con la burla, la cogí en mis brazos y sentándome en el sofá, empecé a darle
azotes en su trasero. Mariana, muerta de risa, empezó a dar gritos como si la
estuviera matando. Su hermana al oírnos, vino corriendo y al enterarse del
motivo del supuesto castigo, se unió a nosotros haciéndole cosquillas. Lo que
había empezado siendo un juego se fue transformando y a los pocos segundos, se
volvió un torbellino de besos y caricias. Nuestros tres cuerpos se fueron
entrelazando en un ritual de apareamiento. Cuando ya estábamos a punto de
perder el control, Mariana, susurrándome al oído, dijo:
-Vamos a nuestro cuarto-.
Cogiendo sus manos, las llevé a mi habitación donde me encontré
que no solo olía a incienso sino, que decorando la cama, las sábanas
estaban repletas de pétalos de rosa.
Nada más entrar, las hermanas a empujones me llevaron hasta el baño,
donde habían preparado la bañera y con ternura, me desnudaron. Tras lo cual, me
pidieron me metiera en el agua. Ni que decir tiene que, en ese instante,
me encontraba excitado. Las dos mujeres haciendo caso omiso a mi erección,
disfrutando como niñas, me lavaron el pelo mientras no paraban de reír.
Demostrando una alegría desbordante, se dedicaron a enjabonarme todo el cuerpo,
dando énfasis a mi entrepierna. Una vez habían decidido que ya estaba limpio,
me sacaron de la tina y se dedicaron a secarme, para acto seguido, ponerme una
especie de camisola larga muy típica en su país.
Sabiendo que debía de seguir sus instrucciones, dejé que me
tumbaran en la cama. Las hermanas despidiéndose, me dijeron que volvían
enseguida. Durante cinco minutos esperé su vuelta. Cinco minutos que me
parecieron eternos. Cuando ya estaba desesperado, las vi aparecer por la
puerta. Se habían cambiado de ropa y volvían únicamente vestidas con un
sencillo camisón transparente que me permitió ver sus cuerpos sin ninguna
cortapisa. Me quedé sin aliento al comprobar que no sabía cuál era más
atractiva, si la traviesa y delicada Veronica o la sensual y madura Mariana.
Como los preliminares eran importantes, me levanté y las besé.
La boca de la mayor me recibió con gozo mientras su dueña pegaba su pubis
contra mi sexo. Envalentonado, atraje a la menor y uniendo sus labios a los
nuestros, nuestras tres lenguas se entrelazaron sin importar a quien
pertenecían. Entre tanto, mis manos como si tuviesen vida propia fueron de un
trasero a otro obligándolas a fundirse todavía más en el abrazo. Separando a Mariana,
deslicé los tirantes de su camisón, dejándolo caer al suelo. Sus pechos
perfectos parecían llamarme y acercando mi boca, jugueteé con su aureola.
Ésta se erizó al sentir la humedad de mi lengua recorriendo sus bordes. Viendo
que Veronica se quedaba aislada, le ofrecí el otro pecho. La muchacha, mirando
a la mayor, le pidió permiso. Al concedérselo con un gemido, imitándome cogió
el seno entre sus manos y metiéndose el pezón entre los dientes, lo mordisqueó
suavemente y entre los dos, provocamos que un sollozo de deseo saliera de la
garganta de nuestra víctima.
Comprendiendo que eran dos, mis mujeres, sin dejar de abrazar a Mariana,
besé a la pequeña. Ésta al sentir que le hacía caso, ella misma se bajó el
camisón e izando sus pechos, casi adolescentes, con sus manos, nos los
dio como ofrenda. Sin pausa, dos bocas mamaron de los negros pezones de
esa cría, la cual, en contraste con la serenidad de la hermana, gritó su placer
mientras restregaba su sexo contra el mío.
La excitación de los tres era patente y por eso llevándolas a la
cama, las deposité lentamente en las sabanas. Completamente desnudas, mis
mujeres me llamaron a su lado. Tardé unos instantes en desnudarme porque era
incapaz de apartar la mirada de ellas. Nada de lo que me había ocurrido en la
vida, podía compararse a la visión de ese par de bellezas hambrientas de deseo
emplazándome a apagar el fuego de sus cuerpos.
Al despojarme de la camisola, las dos hermanas contemplaron mi
pene erguido con una mezcla de temor y esperanza. Fue Mariana la que, abriendo
un hueco entre las dos, me rogó que lo rellenara con mi cuerpo. Deseando ser
capaz de satisfacer las ansias de ambas, me tumbé a su lado. Las dos hermanas
pegándose a mí, me colmaron de besos mientras sus manos recorrían mi piel. No
es fácil de narrar, lo que ocurrió a posterior. Veronica y su hermana
completamente embebidas de pasión y usándome como soporte, empezaron a
restregar sus sexos contra mis piernas, tratando de calmar la calentura que les
poseía.
Sus maniobras lejos de apaciguar su fiebre, la incrementó,
mojando mis pantorrillas con su flujo. El roce de sus senos contra mi
pecho me estaba llevando a un grado de excitación que creí que iba a
hacer que me corriera por lo que,separándolas, tumbé boca arriba a la mayor y
mientras mis besos recorrían sus muslos, le pedí a Veronica que se ocupara de
sus pechos. Ella, no solo se apoderó de sus pechos sino que separando con los
dedos los labios de Mariana, me ofreció su virginal sexo. Acercando lentamente
mi lengua a mi meta, probé de su néctar antes de concentrarme en su
clítoris. Al sentir mi apéndice sobre su botón, la morena se corrió
en mi boca. No contento con su entrega, proseguí con mis caricias recorriendo
los pliegues de su sexo.
Incapaz de contenerse, poniendo su mano sobre mi cabeza, forzó
el contacto. Su sabor oriental impregnó mis papilas, reafirmando mi erección.
Como si su cueva fuera una fuente y yo un náufrago, bebí del manantial que se
me ofrecía, lo que prolongó su éxtasis. La pequeña de las dos, entretanto y sin
dejar de acariciar sus pechos, llevó su mano a su propio sexo y se
empezó a masturbar.
Un chillido de placer de Mariana, me confirmó que estaba
dispuesta, por lo que, acerqué mi glande a su excitado orificio. Ella al
experimentarlo, moviendo sus caderas, me pidió que la tomara. Sabiendo que no
me bastaba con ganar la batalla sino que tenía que asolar sus defensas, me
entretuve rozando la cabeza de mi pene en su entrada, sin meterla. Cuando la vi
pellizcarse los pezones, decidí que era el momento y forzando su himen, fui
introduciendo mi extensión en su interior.
La muchacha gritó por su virginidad perdida pero, reponiéndose
rápidamente, violentó mi penetración con un movimiento de sus caderas. Con
lágrimas en los ojos, volvió a correrse. La humedad de su cueva sobre mi pene
facilitó mis maniobras y casi sin oposición la cabeza de mi sexo chocó contra
la pared de su vagina, rellenándola por completo. Su hermana pegándose a mi
espalda, siguió mis movimientos como si fuéramos los dos quienes estuvieran
desvirgándola. Mi cuerpo me pedía que precipitara mis movimientos pero mi mente
lo prohibió, dejando solo que paulatinamente fuese acelerando la cadencia. La
lentitud de mis penetraciones llevaron a un estado de locura a la mujer y
clavando sus uñas en mi trasero, me exigió incrementara el ritmo. Veronica,
tan excitada como la otra, tumbándose a un lado llevó mi mano a su sexo y
gimiendo me imploró que la tocara.
Mariana al oírlo, cambió sus pechos por el sexo de su hermana e
imprimiendo a su mano una velocidad endiablada, torturó su clítoris. Al
ver que mi otra mujer estaba siendo consolada, agarrándola de los hombros,
llevé al máximo la velocidad de mis embestidas. Fue entonces cuando al
percatarme que el placer me estaba empezando a dominar, pasé una de las manos
al pecho de la pequeña y estrujándolo, me corrí sembrando con mi Leche el
interior de la mayor. Ésta al sentir que estaba eyaculando, nuevamente entre
gritos, se corrió.
Veronica al confirmar que me separaba de Mariana, cogiendo uno
de los camisones, lo pasó por la entrepierna de su hermana y satisfecha
me lo dio, diciendo:
-Era niña y ahora es mujer-, y sin darme un minuto de pausa,
arrodillándose frente a mí, intentó reanimar a mi adolorido sexo.
Cansado me tumbé al lado de la mayor. Al verme, su
hermana aprovechó mi postura para acercar su sexo a mi cara. Sin hacerme de
rogar separé sus hincados labios y sacando la lengua, jugueteé con sus pliegues
mientras me reponía. La cría gimió al sentirlo y agachándose sobre mi cuerpo,
acogió en su boca mi pene todavía morcillón. Envalentonado, mordí su clítoris
mientras le daba un azote. Mi acción tuvo como resultado que como si fuera un
grifo de su sexo manara su placer. Su sabor agridulce inundó mi paladar y
buscando el placer de la muchacha, intenté meter la lengua en su interior. Ella
al experimentar que había hoyado su secreto, no pudo más y se derramó sobre mi
boca. Mariana, ya repuesta e incorporándose, ayudó a su hermana en su labor.
Percatarme que eran dos bocas las que alternativamente se
engullían mi pene, fue el último empujón que necesitó éste para erguirse a su
máxima expresión.
La mayor de las dos, viendo que estaba ya preparado, ordenó a su
hermana que cambiara de postura y cogiendo mi extensión entre sus manos, apuntó
al sexo de Veronica. Ella, poniéndose a horcajadas sobre mí, fue lentamente
empalándose sin dejar de gemir. Si el conducto de Mariana era estrecho, el de
ella lo era aún más y por eso tardé una eternidad en llenarlo por completo. La
muchacha buscando conseguirlo, izaba y bajaba su pequeño cuerpo, consiguiendo
que, en cada ocasión, un poco más de mi miembro se embutiera en su interior. Su
hermana intentando hacer más placentero su tortura, comenzó a lamer sus pezones
mientras masajeaba el clítoris de la cría.
No sé si fue a consecuencia de ello o que la muchacha al fin
consiguió relajar sus músculos, pero fue entonces cuando la base de mi pene
entró en contacto con su breve mata de pelos. Si hasta ese momento, la
penetración había sido dolorosa, cuando se hubo acostumbrado a tenerla en su
seno, Veronica se convirtió en una máquina y retorciendo su delicada anatomía
buscó un placer que le fue dado una y otra vez.
Resultó ser multiorgásmica y unió un clímax con el siguiente. Mariana
viendo que su pequeña estaba disfrutando, aprovechó para darme de mamar. Como
un obseso, me así a sus pechos mientras mi pene seguía siendo violado por la
batidora en que se había convertido el sexo de la morenita. La excitación
acumulada me venció e incorporándome sin sacársela, le clavé repetidamente mi
estoque hasta lo más profundo de su cuerpo. Veronica se vio desbordada por el
placer y soltando un grito, se corrió por última vez cayendo desplomada sobre
las sabanas. Su desmayo no me importó, al contrario, al verla tirada, aumenté
el ritmo de mis estocadas. No tardé en experimentar un gran orgasmo, bañando
con mi semen la pequeña vagina.
Agotado por el esfuerzo, me dejé caer sobre la cama. Mariana
imitando a su hermana, me mostró el rastro de sangre sobre las sabanas y
abrazándose a mí, susurró a mi oído:
-Éramos niñas y ahora somos TUS mujeres-.
Soltando una carcajada, las abracé mientras recordaba la razón
por la cual esas dos jovencitas compartían mi lecho.
“Cuando se entere el padre Juan de lo que he hecho, me va a
matar”, y riendo, pensé, “¡Que se joda!. Si quería alejarlas del prostíbulo,
¡lo ha conseguido! aunque ello signifique que las ha metido en mi cama”.



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