Cinco días con la perturbada viuda de mi amigo
Posted in ama de casa, anal, Fantasias, penetracion, semen, sexo, vagina, Viuda, vouyer
Lunes
Cuando recibí la llamada de su
abogado, John solo llevaba solo dos días muerto. Esa misma mañana, su esposa y
un reducido grupo de amigos lo habíamos despedido en una sencilla ceremonia. Ni
siquiera había tenido tiempo de asimilar que mi amigo, el gran triunfador, nos
hubiera abandonado. Un accidente de avión había segado una vida de novela. Hijo
de un científico y una contable, había heredado lo mejor de sus padres. Desde
joven había sobresalido, sobre todos nosotros, gracias a su mente analítica y
práctica. Con veinticinco años había creado una punto com y no había cumplido
los treinta, cuando se la vendió a Microsoft, convirtiéndose en millonario.
Guapo, atractivo y forrado, se había dedicado a vivir peligrosamente. Aunque se
casó con una mujer de bandera, la velocidad y la adrenalina eran sus verdaderas
pasiones. No hubo ningún deporte de riesgo que no tocara. En su despacho,
estaba tapizado de fotos de él, practicando motociclismo, haciendo puenting,
bajando en canoa un río, pero ni una de su mujer. No es que no la quisiera,
creo que simplemente la consideraba un trofeo que se exhibía por sí
mismo.
Como amigo, era divertido y generoso,
pero también ególatra y pendenciero. Lo mismo podía invitar a cinco
colegas a un crucero con todos los gastos pagados, que no volver a hablar a su
primo por habérsele olvidado su cumpleaños. Yo, aunque tengo que reconocer que
tenía envidia de su éxito, le quería como un hermano. Desde los veinte años,
había vivido a su sombra y no me había ido del todo mal. No solo era mi amigo,
también era mi jefe. Era su secretario y con su desaparición, me
enfrentaba a un futuro incierto. Por eso cuando Manuel González me pidió
que necesitaba verme esa misma tarde, no me extrañó porque creí que era parte
de mis obligaciones laborales.
Al llegar a sus oficinas, estaba
deprimido pensando que quizás fuese esa una de las últimas tareas que hiciera
para John. Había asistido a cientos de reuniones en ese lugar y por eso, con la
familiaridad que da la costumbre, entré al despacho del abogado sin llamar.
-Manuel, ya estoy aquí. ¿Qué pasa?-,
dije al verlo, no en vano había compartido con él multitud de veladas donde
gracias a la cartera del difunto, el whisky y las mujeres habían corrido a
raudales.
Desde detrás de su escritorio, se
levantó y me rogó que me sentara. Tanta ceremonia me trastocó los esquemas, no
era propio de su carácter y temiendo que tuviese órdenes de despedirme, me
senté acojonado y hundido en el sillón, esperé a que hablara.
-Gracias por venir. Como sabes mañana
se abren las últimas voluntades del Sr. León y como su abogado y depositario de
las mismas, me fue encomendado entregarte este sobre con anterioridad-.
Temblando, lo recogí de sus manos y
sabiendo que de nada servía prolongar esa situación, lo abrí para descubrir una
carta manuscrita de John. El abogado viendo mi indecisión, me preguntó si
prefería que él me la leyera.
-Por favor-, le rogué-
Antes de empezar, González se puso
las gafas y tomando aire, leyó su contenido:
-Jorge:
Si estás leyendo esta carta, es que
estoy muerto. No tengo ni puta idea de cómo habrá sido pero estoy seguro que yo
no la he cagado. Como seguro que te imaginarás, lo que ocurra con la
pandilla de parásitos que tengo por familia, me la suda. Solo me preocupa cual
va a ser el destino de Mariana, mi mujer. Desgraciadamente, detrás de esa cara
bonita, se encuentra una persona con fobia social que le cuesta relacionarse
con personas que no son de su entorno. Si la dejo sola, caerán sobre ella
cientos de aves de rapiña y en poco tiempo, habrá dilapidado mi fortuna…-.
Aprovechando la pausa del
abogado para tomar agua, pensé nada de lo que hasta entonces había leído me
extrañaba. Era típico de él, el usar las palabrotas para desdramatizar los
asuntos y más aún menospreciar a la gente de su entorno. Lo que no me cuadraba
era que tenía que ver con ello.
-…Previendo ello, he dejado toda mi herencia en un fideicomiso que
se ocupe que no le falte nada a ella hasta el final de sus días. Tomar esa
decisión fue fácil, lo difícil fue elegir alguien que gestionara dicho
instrumento. Aun sin ser una lumbrera, de todos mis amigos, eres el único
honesto y por eso quiero proponerte un trato que sé de antemano, no podrás
desechar. Te he nombrado administrador único, con un sueldo de diez mil euros
mensuales. Tu única función será que nadie la robe. Podrás disponer libremente
de todos los bienes, pero te exijo a cambio que cubras todas sus necesidades y
caprichos. Como es tan rara, esta buena y conmigo muerto, será millonaria, he
dispuesto que durante los dos primeros años posteriores a mi
fallecimiento, si quiere seguir recibiendo mi dinero, no podrá casarse. Y
para asegurarme que no haya moscones a su alrededor, deberás vivir en mi casa-.
Me quedé sin habla. John, aún después
de muerto, seguía siendo un puñetero ególatra. Le jodía pensar que su mujer
rehiciera su vida y buscaba mi cooperación para seguirla teniendo atada. El
cabrón sabía que no podría negarme a aceptar porque, además de ser una pasta,
si no lo hacía, me encontraría en la calle. Pero no pensaba limitar a Mariana
en nada. Si quería salir, que saliera. Si quería follarse al jardinero, que lo
hiciera.
Manuel, me volvió a la realidad,
dándome a firmar un montón de papeles.
-Es la aceptación del puesto y tus
poderes-.
Aunque conocía casi todos los
negocios de John, el verlos relacionados me hizo darme cuenta de la magnitud de
la herencia que debía administrar a partir de ese día. Por otra parte, me
sorprendió descubrir que aunque mi amigo llevaba diez años casado con esa
mujer, yo apenas había cruzado un par de frases con ella. Siempre pensé su
retraimiento se debía a que no soportaba a los amigotes de su marido, pero este
lo negaba y achacaba ese comportamiento a una cortedad patológica.
-Además de tonta, es tímida-, solía
decir.
“Tendría que explicarle de antemano,
las disposiciones de su marido”, pensé nada más salir del despacho. Esa casi
desconocida iba a depender de mi gestión el resto de su vida y no quería que se
enterara por el abogado. Si ya sería duro saber que no podría disponer de
su herencia directamente, sino a través mío, más lo sería enterarse que además
tendría que compartir casa conmigo.
Nada más salir del despacho, llamé a
la viuda y le pedí que me recibiera. A la mujer le extrañó mis prisas pero, aun
así, me dijo que no había problema y que me esperaba. Era un Lunes en la tarde
y la mujer vivía en Beverly Hills, por lo que tuve, gracias al tráfico, casi
una hora para preparar lo que le tenía que decir.
Al entrar en la casa que sería mi
morada los próximos dos años, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era como si el
fantasma de John, me diera la bienvenida. La criada me informó que la señora
estaba esperándome en el salón y que por favor la acompañara. En la casa
se oía un piano. No tardé en descubrir que era Mariana, la que tocaba tan
magistralmente.
“Toca bien”, me dije mientras me
dirigía hacia ella. La mujer se levantó al verme. Vestida de riguroso luto, me
pidió que le explicara qué era eso tan urgente que tenía que contarle. Viendo
que de nada servía esperar, le expuse las directrices que su marido había
diseñado. Tras lo cual, le di mi opinión al respecto y le dije que, en lo
que a mí se refería, en su vida ella podía hacer lo que quisiera.
En silencio, escuchó mi explicación.
En su rictus nada mostraba que se sintiera indignada con mis palabras, al
contrario, pareció tomárselas con satisfacción. Esperó a que terminara, y dijo
como toda contestación:
-Si mi marido pensaba que es lo mejor
para mí, así será. No encontrará en mí, queja alguna. John creyó en su
criterio, yo haré lo mismo. Desde ahora le aseguro que cumpliré con todas y
cada una de las pautas que me marque-.
Oírla tan serena me tranquilizó,
sobre todo porque no le había todavía explicado lo más difícil:
-Doña Mariana, su marido ha
especificado que debo vivir aquí-.
Al ver mi incomodidad, sonrió:
-No se preocupe no me molestará su
presencia. Será bueno que un hombre esté en la casa-.
Sin comprender, por qué esa mujer se
tomaba tan tranquilamente todo, me despedí de ella prometiéndole que, al día
siguiente, le acompañaría al abogado.
Martes.
La lectura de las últimas voluntades
fue meramente burocrática, tanto la viuda como yo conocíamos el contenido de
las mismas. Aun así al terminar, el abogado se había guardado una sorpresa,
separándome de Mariana, me dijo que John le había dejado otro sobre, pero que
no me lo podía dar hasta el viernes. Al preguntarle por su contenido, me
confesó que no tenía ni idea de que se trataba. Como no podía hacer nada más
que esperar, decidí que me preocuparía por ese asunto cuando fuera su momento y
saliendo al portal busqué a la mujer de John.
Mariana me estaba esperando en la
entrada. Al verme, preguntó si iba a acompañarle a la casa. Tardé en comprender
sus palabras, ya que, ni siquiera me había mudado. Iba a hacerlo esa mañana.
Comprendí que esperaba una contestación, por lo que le dije que iría más tarde,
que no se preocupara. Bajando la cabeza, asintió y despidiéndose, se alejó por
la acera. El chofer la esperaba en la esquina.
“¡Que tía más rara!”, pensé al
quedarme solo. Hasta ese momento, creí que John exageraba al hablar de su
timidez, pero empezaba a dudar que no fuera verdad.
Pasé el resto de la mañana embalando
mis pertenencias y cuando terminé, me dirigí directamente a la mansión de la
viuda. Al llegar, la viuda recibiéndome en la entrada, me informó que la comida
estaba preparada y que cuando quisiera podíamos pasar al comedor. Mirando mi
reloj, descubrí que eran más de las tres y media y extrañado, le
pregunté:
-¿No ha comido?-.
-Nunca se me ocurriría empezar sin el
hombre de la casa. ¿Por quién me ha tomado?-, me contestó, escandalizada.
Sin comprender su actitud, decidí no
buscar problemas nada más llegar y pidiéndole perdón, la acompañé al comedor.
Nada más sentarnos, entró el servicio con la sopa. Rutinariamente, la criada
sirvió a la dueña de la casa y después a mí. Tratando de evitar cualquier
enfrentamiento, esperé a que ella empezara, pero tras un minuto en el que
ninguno de los dos había probado nada, Mariana me preguntó:
-¿No le gusta la sopa?-.
-Para nada, me encanta, lo único que
estaba aguardando que usted empezara-.
Al escuchar mis palabras, sus ojos se
abrieron alucinados:
-¡Esta es una casa decente!-. Dijo y
antes que me diera cuenta de sus ojos brotaron dos gruesos lagrimones,- Me
insulta si piensa que no sé cuál es mi papel. Mi padre y mi marido me enseñaron
bien. Si lo que le ocurre es que no quiere comer conmigo, dígamelo-.
Completamente atónito y sin ser
consciente de que norma moral había quebrado, decidí que lo mejor que podía
hacer era tomarme la sopa y esperar que con eso se terminaran sus
reparos.
“Esta mujer debe de haber sido
educada en algún tipo de secta”, me dije al ver que al comenzar a comer,
la mujer se había relajado y que había dejado de llorar. “El machismo que
rezuman sus actos, es medieval. Nadie, hoy en día, piensa de esa manera tan
arcaica”. Tratando de aprender a comportarme en su presencia, le pregunté que
había hecho después de salir del abogado.
En el rostro de la viuda, se dibujó
una sonrisa antes de contestarme:
-Fui al cementerio, a agradecerle a John
que no me hubiera dejado abandonada y que le hubiese elegido a usted como mi
tutor. Después he venido a la casa y me he ocupado que en su habitación todo
estuviese en orden, tras lo cual, he esperado que usted llegara-.
Analizando sus palabras, parecía como
si esa mujer creyera que de ahí en adelante, su vida consistiría en servirme.
Tratando de reafirmar mis sospechas, traté de indagar sobre ese asunto y
haciéndome el ignorante, le pregunté qué iba hacer esa tarde:
-Eso depende de usted y de lo que necesite-.
No necesitaba más confirmación. Esa
mujer estaba completamente alienada por sus creencias. “Seguro que ha sufrido
abusos desde niña”, pensé al ver la naturalidad con la que tomaba su función.
“esto tiene que cambiar”. Si John me había encomendado cuidar de ella, eso era
lo que iba a hacer. En ese momento alcancé a vislumbrar el significado de sus
actos. Esa mujer que tenía enfrente era una presa fácil para cualquier
desalmado y por eso su marido había buscado una solución alternativa. Confiaba
en mí y que yo no iba a abusar de ella.
Observándola comer, me fijé por
primera vez en su vestido. Aun siendo una mujer joven, no debía de tener los
treinta, iba vestida como una vieja. Con la blusa abotonada hasta arriba y una
falda muy por debajo de la rodilla, parecía una monja recién salida de la
sacristía. Era tan grotesco su atuendo que, considerándome un buen observador,
fui incapaz de determinar si su difunto marido tenía razón cuando se gloriaba
de las virtudes de su cuerpo. Según él, esa muchacha era poseedora de las
mejores curvas que había tenido la oportunidad de catar.
“Ya se verá”, murmuré mientras me
tomaba el postre. Lo único que era evidente, es que esa mujer poseía una mirada
extraña, parecía estar oteando contantemente su alrededor en busca de una
presa. Prestando atención, era innegable su belleza pero, en contra de la
lógica, nada en ella me atraía.
Al terminar de comer. Mariana me
acompañó a mi habitación y sin que yo se lo pidiera, se puso a ordenar mi ropa
colocándola en el armario. Tratando de familiarizarme con mi cuarto, entré en
el baño. Me quedé impactado al encontrarme con una enorme estancia que tenía de
todo, ducha, bañera, jacuzzi e incluso una sauna. También noté que había
una puerta en una esquina. Intrigado, la abrí y descubrí que el baño tenía
comunicación con una coqueta habitación contigua. No tuve que preguntar a quién
pertenecía, sobre un sillón, estaba el abrigo que esa mañana la viuda de mi
amigo había llevado.
“Están comunicadas”, cavilé
mientras cerraba la conexión, “este cuarto debía de ser el de John”.
No creí que fuera el momento de
preguntar a su viuda, la razón por la que había optado a que, entre todas las
habitaciones de la mansión, fuera esa su elegida.
“Ya tendré tiempo de hacerlo”, pensé.
Algo en mí, me indicaba que no tardaría en averiguarlo. Entrando nuevamente a
mi cuarto, Mariana me esperaba sentada en un sillón. Al verme entrar, me
explicó:
-Ya he terminado y ahora, no sé qué
espera que haga-.
-¿A esta hora que hacía con John?-,
contesté, pensando que así no metería la pata.
-Le servía un whisky en la biblioteca
y mientras él leía, le acompañaba -, respondió con un brillo en los ojos que no
supe identificar.
Deliberadamente intenté no cambiar el
día a día de esa mujer y por eso acepté acompañarla hasta la sala de lectura y
que me sirviera un whisky. Aprovechando que estaba en la barra ocupada
sirviéndome una copa, busqué entre los cientos de libros allí almacenados uno
que me sirviera. No me fue difícil elegir, sobre la mesa, estaba la última obra
de David Brown que no había leído. Cogiéndola me senté en un sillón, a
esperar que la viuda me trajera mi copa.
No llevaba leídas ni tres líneas
cuando Mariana llegó con mi whisky. Agradeciendo sus atenciones, me concentré
en el libro, pero entonces ocurrió algo que dio al traste todas mis
intenciones. La esposa de mi amigo posando sus manos en mis hombros y sin
avisar, empezó a darme un masaje. Estuve a un tris de levantarme pero,
comprendiendo que mi lucha por cambiar la actitud de esa mujer era a largo
plazo, dejé que continuara. Resultó ser una experta y al cabo de cinco minutos,
me hallaba totalmente entregado a sus maniobras. No sé cómo lo hizo pero,
cuando habiendo decidido que era suficiente, terminó, descubrí alucinado que no
solo me había dejado llevar, sino que mi camisa se encontraba perfectamente
doblada sobre la mesa y que estaba desnudo de cintura para arriba.
Aunque nada en sus actos había tenido
ningún aspecto sexual, no pude dejar de pensar que si esa mujer era tan buena
dando masajes, debía de ser una bomba en la cama y por primera vez, viéndola
alejarse por la puerta, me fijé en su forma de andar. La mojigata había
desaparecido y la mujer que en ese momento subía por la escalera, era una
pantera que se contorneaba orgullosa de haber obtenido su primera presa.
Durante las siguientes horas, nada
digno de mención ocurrió. Me pasé toda la tarde, leyendo y enfrascado en la
lectura, no me di cuenta que había anochecido. Acababa de terminar un capítulo
cuando tocando la puerta, la sirvienta me avisó que la cena estaba lista y que
la señora me esperaba en el comedor.
Como no quería volver a meter la
pata, cerrando el libró sin más dilación, me dirigí a su encuentro. Al entrar
en la habitación, me quedé de piedra. Mariana me esperaba de pie junto a
mi asiento, enfundada en un vestido de encaje casi trasparente y adornada con
joyas que harían palidecer a una reina. Sin saber que decir ni que hacer y sin
comentar el cambio de aspecto tan brutal que había sufrido, me senté sin ser
capaz de dejar de mirarla. Parecía una diosa. El delicado tejido completamente
pegado a su piel sin enmascarar un ápice de su anatomía, realzaba su atractivo
dotándolo de un aspecto seductor que hasta entonces me había pasado
inadvertido. En su cuello, lucía una gargantilla de rubíes haciendo juego con
unos impresionantes pendientes de la misma piedra.
La mujer consciente de mi mirada y de
que mis ojos no podían dejar de auscultar cada centímetro de su cuerpo,
lejos de intentar taparse y así evitar la lujuria con la que la observaba,
dijo:
-Disculpe, mi aspecto. Pero esta
tarde me pidió que me comportara igual que cuando John estaba vivo, y él,
no me permitía sentarme a cenar si no venía perfectamente arreglada-.
-Está usted, guapísima-, tuve
que reconocer lo evidente.
-Gracias-, me contestó bajando sus
ojos. -Espero no resultar demasiado casquivana ante sus ojos, odiaría que me
malinterpretara-.
Aunque sus palabras hablaban de
recato, la mujer descaradamente estaba exhibiéndose ante mí. No era solo que
llevase un escote exagerado, era ella misma y como se comportaba. Por ejemplo
al servirme agua, se levantó de la mesa y acercándose a mi lado, se agachó de
manera que pude disfrutar de un magnifico ángulo, desde el que pude contemplar
su pecho en todo su esplendor. Era como si disfrutara, sintiéndose admirada. En
su actitud creí incluso descubrir que ella misma se estaba excitando al reparar
que bajo mi pantalón crecía sin control mi apetito. Tratando de evitar que el
termostato de mi cuerpo saltara hecho pedazos, le pregunté por su dolor:
-Aunque John nunca fue especialmente
cariñoso, le hecho mucho de menos. Llevábamos casados nueve años y siempre que
sus múltiples ocupaciones le permitían acompañarme, disfrutábamos de nuestra
compañía-, contestó.
Involuntariamente, la viuda al
rememorar las noches con su marido, llevó su mano a un pecho y sin darse
cuenta, se pellizcó el pezón. Anonadado por lo excitante de esa imagen, no pude
evitar que mi boca se abriera para decir:
-Teniéndola a usted, aquí, no
comprendo a su marido. Yo no me separaría de su lado-.
Agradecida por mi piropo, se acercó y
dándome un beso en la mejilla, me susurró que era tarde y que debía irse a la
cama. No sé cómo pude evitar cogerla en ese momento y allí mismo hacerla el
amor. Esa mujer anodina puertas a fuera de esa casa, me había subyugado en
menos de doce horas. Aterrorizado, comprendí que si debía pasarme dos años
compartiendo con ella la vida, irremediablemente caería rendido entre sus
piernas, en cuanto ella me diese entrada.
“Por mucho que John se jactaba de lo
bella que era su mujer, siempre me había parecido una exageración hasta hoy”,
pensé, mientras me terminaba el café. Todo en ella rezumaba sexo. Sus
piernas, sus caderas y sus piernas se habían convertido en mi obsesión. No
podía dejar de soñar en cómo sería recorrer su piel con mis manos.
Intentando mantener un mínimo de sensatez, reprimí mis oscuros
pensamientos, recriminándome por mi falta de profesionalidad.
“ Es la dueña de todo, la viuda de John”,
repetía una y otra vez.
Pero seguía sintiéndome fatal.
Ver a su mujer como un objeto de deseo, sin siquiera esperar a que sus huesos
se enfriasen, no era propio de mí. Aunque no era un asceta, nunca
había perdido la cabeza por nadie. Por eso no conseguía asimilar porqué
la viuda de mi amigo me tenía trastornado. Hecho polvo, subí a mi cuarto
con la intención de descansar. Al entrar, escuché que Mariana estaba
duchándose. La idea de tener a esa mujer desnuda a escasos metros era
insoportable, tratando de evitar pensar en ella, me tumbé en el colchón. Al
mirar a mi alrededor, asombrado me percaté que el cristal que había frente a la
cama no era un espejo y que se veía con total nitidez la habitación de la mujer.
Aprovechando que seguía en el baño,
salí al pasillo y entrando en su habitación, me percaté que desde el otro lado,
si era un espejo y que no se veía mi cuarto.
“¡Que raro!”, pensé, “debe de ser
consciente que desde mi cuarto, veré todo lo que haga. ¡Es su casa!”.
Por mucho que traté de disculpar a mi
amigo, no existía otra explicación a que John fuese una especie de voyeur o que
en su particular forma de ser quisiera tener controlada a su esposa hasta unos
límites insospechados. Sabiendo que en ese instante no podía hacer nada para
deshacerme de ese artilugio, decidí dejarlo por esa noche y al día
siguiente, arreglarlo. Esperando que la mujer saliera del baño para pasar yo,
decidí cambiarme. No me había terminado de abrochar el pijama, cuando observé que
salía del baño envuelta en una toalla. Aunque debía conocer que podía verla, Mariana,
sin dar importancia al asunto, se sentó frente al espejo y empezó a peinarse su
melena.
Avergonzado de mi comportamiento, me
quedé mirándola ensimismado. Su belleza, al natural, era todavía mayor. Me
sentía espectador de un peculiar reality que en contra de lo que ocurre en los
de la televisión, si cruzaba la puerta que nos separaba, me toparía de bruces
con la protagonista. No sé cuánto tiempo tardó en terminar de arreglarse el
pelo, pero cuando terminó la situación se tornó todavía más incómoda. La viuda,
dejando caer la toalla y quedando completamente desnuda, cogió un
bote de crema y comenzó a extendérsela por todo el cuerpo. Ningún aspecto
de su cuerpo quedó oculto a mi escrutinio. Sus manos, al recorrer sus pechos,
los alzaron como sopesando el peso, antes de masajear descaradamente sus
pezones.
Mi pene, cobrando vida propia, se
alzó por fuera de la abertura del pantalón y yo, completamente subyugado por la
visión que se me ofrecía, no pude más que acercarme para reducir la distancia
que me separaba de ese portento de la naturaleza. Con mi nariz casi pegada al
cristal, fui testigo de cómo esa mujer recorría con sus palmas su trasero. La
mejor de las modelos de revista estaría envidiosa de la perfección del cuerpo
de Mariana. Solo haciendo un gran esfuerzo, evité que mi mano diera rienda
suelta a mi deseo, masturbándome. Pero el colmo fue cuando, dándose la vuelta,
pude deleitarme con su sexo. Sexo perfectamente depilado, cuya desnudez llamaba
a acariciar.
Tratando de evadirme de mis
sentimientos, busqué en una ducha fría la tranquilidad que me faltaba. Pero no
fue el agua helada, lo que calmó mi calentura. Lo que realmente cortó de plano
mi lujuria, fue al salir del baño encontrarme a la viuda sentada tranquilamente
en el sillón de mi cama. Sin comprender que hacía allí, esperé a que hablara.
La mujer, aunque venía vestida únicamente con un picardías, parecía
abochornada. Sus palabras me dejaron helado:
-Me imagino que mi marido le ha
explicado mi problema-.
Mi cara debió reflejar tanta
perplejidad que la mujer, mirando al suelo, prosiguió:
-Para que pueda dormir, debe de usted
de atarme- dijo, mientras señalaba a través del cristal unas muñequeras
adosadas a su cama.
Tardé en reaccionar y cuando lo hice,
me negué en rotundo y sacándola de mi habitación, me despedí de ella.
-¡Usted no comprende!-, la escuché
decir llorando, mientras le cerraba en las narices la puerta de su cuarto.
Indignado, volví al mío.
No era posible que mi amigo fuera un
ser tan detestable que encadenara noche tras noche a esa pobre muchacha. “¡Que
ser más despreciable!”, sentencié sobre John. Hecho una furia, deshice la cama
y cogiendo una sábana, tapé el falso espejo. Sabiendo que eso se tenía que
terminar, traté de conciliar el sueño. Transcurrió largo rato hasta que la
irritación se fue diluyendo y pude dormir.
No tengo conciencia de cuánto tiempo
había dormido, cuando en mitad de un sueño, sentí que alguien acariciaba mi
sexo. Todavía adormilado, abrí los ojos para descubrir a Mariana desnuda a mi
lado. Comprendiendo lo delicado de la situación, intenté escapar de su abrazo
pero la mujer, haciendo uso de una fuerza inhumana, me inmovilizó. Por mucho
que quise liberarme, retorciéndome en la cama, no me fue posible y agotado, le
grité que me dejara en paz.
No me hizo caso y con gran violencia,
me desgarró el pijama, dejándome desnudo. Asustado por su comportamiento,
dejé de debatirme sobre las sabanas, momento que aprovechó la mujer para
apoderarse de mi miembro. Tener mi sexo en las manos de una loca, me obligó a
permanecer paralizado, temía que si la rechazaba me hiciera aún más daño. Al
tenerme dominado, la perturbada de hacía unos instantes se convirtió en una
máquina del placer y en poco más de un minuto, mi sexo había alcanzado su
máxima longitud.
“No me puedo creer que esto me esté
pasando a mí”, me dije mientras sentía que su boca engullía mi pene.
El miedo y la frustración fueron
dando paso a la pasión y sin darme cuenta, empecé a colaborar con mi captora.
Mis manos se posaron en su cabeza y marcándole el paso, dejé que la viuda
devorara mi extensión. Como si fuera la última vez que tuviera ocasión de
tener la virilidad de un hombre en su garganta, Mariana consiguió introducírselo
totalmente en su interior y alucinado experimenté como esa mojigata lo había
engullido por completo y a sus labios recorriendo la base de mi pene. El placer
no aplazó su llegada y cuando lo hizo, absorto, vi cómo se tragaba todo mi
semen y en pocos segundos, como acababa con cualquier rastro de mi eyaculación
con la lengua.
Si pensaba que ahí se había acabado
todo, me equivocaba, porque sin darme tiempo a descansar, girando sobre sí
misma, puso su sexo en mi boca. Todavía renuente a la forma que me trataba,
tardé en responderla. La mujer, sin hablar y apretándome suavemente mis
testículos, dejó claro que era lo que esperaba de mí y forzado por las
circunstancias, comencé a acariciar su clítoris. Su aroma me embriagó y ya sin
reparo, separé sus labios y usando mi lengua como si de mi pene se tratara,
empecé a penetrarla mientras que con mis dedos torturaba su botón.
“Es maravillosa”, acepté en mi fuero
interno.
No recuerdo cuantas veces llegó esa
mujer al orgasmo solo con la acción de mi boca, pero tras media hora dándole
placer, sentí que bajando por mi cuerpo, cogía mi sexo y sin pedirme opinión,
se ensartaba de un solo golpe.
-¡Mierda!-, grité al sentir como la
viuda de mi amigo lo forzaba hasta extremos impensables.
Me resulta imposible expresar con
palabras, la manera en la que, usándome a mí, esa loca se apuñaló repetidamente
la vagina con un ritmo infernal. Era como si su vida dependiera de ello y
necesitara de mi simiente para sobrevivir. No paró hasta que por segunda vez,
descargué en su interior.
Fue entonces cuando dejándome
descansar, me dijo mientras desaparecía por la puerta:
-Llevaba una semana sin sentirme
mujer-.
Derrengado y nuevamente solo, lloré
por la humillación de haber sido violado. Había sido un puto objeto en la
lujuria de la viuda de John. Y sin ser plenamente consciente de mi sentencia,
deseé que los dos años de penitencia pasaran rápidamente.
También comprendí porqué, mi amigo,
la ataba todas las noches.
“Esta mujer está loca”, sentencié y
abrazando la almohada, intenté conciliar el sueño.
Miércoles.
Las horas de descanso me sirvieron
para ver lo ocurrido bajo otra óptica. Al despertar y comprobar que seguía
entero y que nada de lo ocurrido, me iba a dejar secuelas, empecé a ver el
asalto sufrido como una anécdota más a contar.
La ducha me sirvió para limpiar los
restos de infamia que podía albergar y más entero, me vestí y salí a
enfrentarme con mi nueva vida. Los diez mil euros de salario de por vida, bien
valían la noche de angustia que pasé en manos de esa mujer. Bajo los rayos de
la mañana, lo absurdo de haber sido tomado contra mi voluntad por la mujer más
impresionante que hubiera soñado, me pareció en contra de la lógica y
sobre todo porque pensándolo bien había sido mi culpa.
“Ella intentó evitarlo”, me dije al
recordar que la noche anterior, fui yo quien se negó a atarla.
Pensando en ello, bajé por las
escaleras de la mansión a desayunar. Ese día iba a ser mi toma de contacto con
la herencia de John. Al entrar en el comedor, me encontré de frente con Mariana.
La mujer al ver que entraba bajó la mirada y avergonzada ni siquiera me saludó.
Conociendo el grado de paranoia de la viuda, preferí hacer caso
omiso a su desplante y llamando a la criada, le pedí que me sirviera un
café.
Al esperar que la criada me trajera
mi desayuno, observé a la mujer.
Mariana, volvía a ser la apocada
mujer que yo recordaba. Ataviada con una especie de túnica, parecía un ser
asexual y no la hembra hambrienta que me había asaltado hace unas horas. Nadie
me podía negar que esa muchacha que en ese momento, no podía levantar sus ojos
de su taza, era una depravada sin valores que, ignorando el recuerdo de su
marido muerto, se había dejado llevar por su instinto animal y sin ningún tipo
de censura, se había lanzado en pos del placer sin importarle los sentimientos
de su víctima.
Mirándola bien, no comprendí como era
posible que usando la violencia esa mujer hubiera podido someterme. No podía
pesar más de cincuenta kilos y yo, sin ser un adonis, con mi metro noventa, no
era creíble que me hubiese comportado como un pobre cervatillo en manos de esa
pantera.
Interrumpiendo mi reflexión, la
oronda criada me sirvió el café.
-¿Desea algo más?-, preguntó
rutinariamente.
-No, gracias-, le respondí de igual
modo.
Quizás suponiendo por mi talante
relajado que había olvidado la afrenta sufrida, la viuda de mi amigo me
comentó:
-Jorge, revisando los periódicos,
creo que hoy debes invertir en Sun Microsistem. Me parece que si compras medio
millón de acciones de esa compañía, debemos recuperar en un día al menos el
veinte por ciento-.
La insensatez de su consejo, me
hizo levantar la mirada y enfrenté a ella:
-Pero, si esas acciones llevan tres
meses de caída-.
-Por eso, hoy van a anunciar un nuevo
producto. Si te adelantas, medio millón de acciones a cuatro setenta significa
invertir dos millones trescientos cincuenta mil euros-.
-Es una locura-, respondí sin
comprenderla.
-Hazlo y con los beneficios que
obtengamos, quiero que me compres este collar de perlas cultivadas de Duran-,
me contestó mientras me mostraba un folleto de esa joyería.
Como es lógico, tamaño disparate me
agrió el café y sin responderle, salí rumbo a mi oficina.
Durante el camino, tratando de hallar
un sentido a sus palabras, recordé las instrucciones de John, donde
específicamente me decía que debía cumplir todos sus caprichos.
“Puta loca, si quiere perder dinero
es su problema. Yo, solo, soy un mandado”, recapacité recordando mi verdadero
puesto, administrador de sus bienes.
Al llegar a la oficina, lo primero
que hice fue cumplir a rajatabla semejante estupidez.
Durante toda esa mañana, no pude
despegarme de la pantalla del ordenador y durante las primeras cuatro horas de
funcionamiento de la bolsa londinense, la acción no hizo más que caer.
“Esto me ocurre por hacerle caso”,
pensé al comprobar el desarrollo de la sesión.
Varias veces estuve a punto de
deshacer las posiciones pero, al dar las doce, como si fuese un cohete, el
valor de Sun comenzó a revalorizarse para acabar a las dos por encima de los seis
euros. Sin comprender en absoluto, como esa mujer había adivinado el
comportamiento de la bolsa, decidí en ese punto deshacer las posiciones,
obteniendo un beneficio neto superior a los seiscientos mil euros.
“No me lo puedo creer”, dije al
comprobar que en una sola jornada, había ganado más dinero que la suma de mis
salarios de los últimos diez años. “Esta mujer es increíble”.
Entusiasmado, sin despedirme de mi
gente, corrí a darle la noticia a Mariana.
Conduciendo hacia el chalet, cada vez
que lo pensaba, la duda de que el éxito de John se debía a su esposa fue
haciéndose más patente. No podía ser casualidad que esa arpía hubiese dejado
caer, como cualquier cosa, el mayor de los triunfos de mi carrera. Al llegar,
la encontré tranquilamente sentada en uno de los salones de la mansión y sin
poderme reprimir le comuniqué las buenas nuevas.
Ella, sin inmutarse, alzó su mirada y
me preguntó:
-¿Dónde está mi regalo?-.
Desconcertado por su respuesta, le
contesté que no sabía a qué se refería.
-Mi collar de perlas cultivadas-,
completamente fuera de sí, me respondió-.
Cayendo en ese instante que me había
pedido a cambio de su información esa joya, le pedí perdón. Lo que ocurrió a
posterior es difícil de describir, levantándose de su asiento, la mujer se
enfrascó en una locura destructiva, acabando en pocos segundos con el contenido
de una vitrina de la habitación. Por mucho que intenté parar ese desastre no lo
conseguí, hasta que reconociendo mi error, le prometí que iba enmendarlo
comprándolo esa misma tarde.
-Le espero-, me dijo sentándose
nuevamente en el sillón como si nada hubiese pasado.
Al no tener otra opción, llamé a la
joyería y después de discutir con la empleada, conseguí que me abrieran la
tienda a las tres.
Ya en el coche, no pude dejar de
meditar sobre lo ridículo de la situación. Esa chiflada, quien sabe cómo, me
había dado un soplo que nos había hecho ganar una fortuna y solo quería una
décima parte del valor en un puto abalorio. Era un capricho caro pero, a fin de
cuentas, era su jodido dinero y yo, su puñetero empleado.
En Durán, no pusieron ningún reparo a
mi tarjeta de empresa y tras una breve transacción, me vi en la calle con un
paquete valorado en sesenta mil euros. Al salir, no pude dejar de pensar en las
palabras de la dependienta:
-Su mujer tiene un gusto magnifico.
Lo que se lleva es una pieza única-.
Gracias a que durante los últimos
años había servido de recadero de las excentricidades de John, no me resultó
fuera de lugar gastarme semejante cantidad de dinero en un capricho de su mujer,
aun así, respiré aliviado al llegar y darle ese presente.
Mariana, comportándose como una
cría a la que le hubiesen concedido su mayor deseo, dando saltos de alegría, me
dio un beso en la mejilla y como si nada hubiese ocurrido, me dejó patidifuso
en el salón. Sin comprender lo ocurrido, me acerqué a la barra y poniéndome una
copa no pude más que repetirme que cobraba una pasta inmensa por aguantar a esa
loca.
Durante las siguientes horas, no supe
nada de ella y aprovechando su ausencia, vacié el contenido de una botella. Con
un porcentaje etílico superior a lo recomendable cuando me avisaron que la cena
estaba servida, me acerqué al comedor para descubrir que la mujer de mi amigo
me esperaba de pie en la entrada. No pude evitar que la copa que llevaba
en la mano se cayera, nadie está habituado a que le reciba un monumento casi
desnudo con el único adorno de un collar tapando sus pechos.
-¿Le gusta su regalo?-, me preguntó,
obviando que solo un delgado y transparente body recubría su anatomía.
Juro que fue un acto reflejo. Absorto
en su hermosura, mis manos recorrieron el borde de su pecho antes de recalar en
las cuentas del collar. Mariana no se retiró al sentir mi caricia, al
contrario, sonriendo aceptó gustosa mi lisonja y pegando su cuerpo al mío,
respondió pasando su mano por encima de mi pantalón.
Todavía hoy, no recuerdo que cenamos
ni de qué hablamos. Lo único que me consta es que no pude retirar mis ojos de
ella y que al terminar de cenar, esa mujer que solo unas horas antes se había
comportado como una trastornada, se restregó sensualmente antes de despedirse.
Dándole tiempo al tiempo, pedí que me sirvieran otro copa y con ella en la
mano, subí a mi habitación.
Hirviendo de deseo, después de
comprobar que estaba en la ducha, me tumbé en la cama soñando que repitiera
puntualmente la misma rutina del día anterior. Ni siquiera me digné en
cambiarme, desnudándome por completo, esperé a que esa joven saliera del baño y
a través del cristal, poder contemplarla.
Mariana no se hizo esperar.
Cumpliendo exquisitamente su ritual, salió enfundada en la toalla y sin perturbarse,
comenzó a peinarse. Si la noche anterior, me había sentido apocado por mi
examen, esta vez, cogiendo mi erección, me masturbé mirándola. Ajena a mis
maniobras, esa muchacha terminó de desenredar su pelo y acto seguido,
tranquilamente despojándose de vestimenta, se dedicó a pintarse las uñas de los
pies mientras en el cuarto de al lado, dejaba que mi lujuria se desatara,
observando obsesivamente el brillo de la humedad de su sexo.
Sabiendo que actuaba mal, eyaculé
sobre el falso espejo sin importarme lo más mínimo. Esa mujer me tenía ofuscado
y nada de lo que hiciera podía evitarlo. Conociendo los pasos que iba a dar,
volví a la cama a esperarla. Ella, nada más acabar con su labor, sensualmente y
mirando hacia mi habitación, se puso un coqueto conjunto de noche.
No tardé en escuchar que tocaba mi
puerta, pero en esta ocasión sin salir de entre las sabanas, aguardé a que
entrara.
-Jorge, estoy lista-, me dijo
recordándome que debía maniatarla.
-Hoy, no toca-, contesté esperando su
reacción.
-¿Estás seguro?-, me respondió
pasando la mano por su cadera.
Sin tomar en cuenta su consejo, la
mandé a dormir, suspirando que no lo hiciera y sin apagar la luz, aguardé a que
volviera. Observando a través del cristal, la vi tumbarse en su lecho e
intentar ponerse las muñequeras que le servían de sujeción. Satisfecho comprobé
que después de ajustarse una de las ataduras, le fue imposible cerrar la
segunda y viendo frustrado su intento, se echó a llorar desconsoladamente.
Me mantuve impertérrito ante su
sufrimiento y completamente excitado, esperé su retorno. Los minutos se
volvieron horas y mientras me debatía entre dormir o ir a su encuentro, la vi
debatiéndose contra su deseo. Sus manos, separando sus piernas, se apoderaron
de su sexo y retorciéndose, trató de evitar acudir a mi lado. Varias veces la
vi desplomarse sobre el colchón a consecuencia de su orgasmo, las mismas que
levantándose de la cama hizo un conato de buscar el consuelo que mis
caricias le podían ofrecer.
El reloj de mi muñeca ya marcaba las
tres de la madrugada, cuando observé que, desesperada, se levantaba y salía de
su cuarto. Abriendo mi puerta, sigilosamente, como un ladrón entra en una casa
ajena, entró en mi habitación. Mariana se sorprendió al descubrir que seguía
despierto. Indecisa, se mantuvo unos instantes en la entrada pero, al ver, que
abriendo cama le daba cobijo entre mis sábanas, gateando por el suelo y
maullando su deseo, acudió a mi lado.
La violadora de la noche anterior se
transmutó en una dulce paloma al sentir que cogiéndola entre mis brazos, me
apoderaba de sus labios. En esta ocasión iba yo a llevar la voz cantante, pensé
mientras desabrochaba su sujetador de seda. Maravillado, no esperé que me diera
permiso y tomando su pezón entre mis dientes, lo mordí cariñosamente. Su dueña,
dominada por su naturaleza, gimió al sentir el mimo con el que trataba su
aureola y cogiendo mi pene, empezó a masturbarlo.
Sacando fuerzas de mi flaqueza, la
retiré a un lado y susurrándole al oído, le pedí que se estuviera quieta. La
mujer refunfuñó al sentir que separaba sus manos pero al comprobar que
deslizándome por su cuerpo, iba besando cada centímetro de su piel, se dejó
hacer. Totalmente entregada, experimentó por primera vez mis caricias, mientras
me acercaba a su sexo. El olor a hembra en celo inundó mis papilas al besar su
ombligo. Disfrutando de mi dominio pasé de largo y descendiendo por sus
piernas, con gran lentitud me concentré en sus rodillas y tobillos hasta llegar
a sus pies.
Sus suspiros me hicieron comprender
que estaba en mis manos y absorbiendo en mi boca los dedos que se acababa de
pintar, alcé la mirada para comprobar que Mariana, incapaz de reprimirse, había
hecho presa de su clítoris y poseída por la pasión, lo acariciaba buscando su
liberación. Esa visión hubiera sido suficiente para que en otra ocasión y con
otra mujer, hubiese dejado lo que estaba haciendo y escalando por su cuerpo, la
hubiese penetrado, pero decidí no hacerlo y en contra de lo que me pedía mi
entrepierna, hice caso a mi razón y prolongando su angustia, seguí incrementando
su calentura.
La recatada viuda no pudo contenerse
y al notar que mi lengua dejaba sus pies y remontaba por sus piernas, se corrió
sonoramente. Yo, por mi parte, como si su placer me fuera ajeno, seguí
lentamente mi aproximación. Deseaba con todo mi interior, poseerla pero
comprendí que esa era una lucha a largo plazo y que de esa noche, iba a
depender el resto de mi vida. Al llegar a las proximidades de su sexo, la
excitación de Mariana era máxima. Su vulva goteaba, sin parar, manchando las
sábanas mientras ella no dejaba de pellizcar sus pezones, pidiéndome que la
tomara. Sin hacer caso a sus ruegos, separé sus labios, descubriendo su
clítoris completamente erizado. Nada más posar mi lengua en ese botón, la
muchacha volvió a experimentar el placer que había venido buscando.
-Por favor-, la escuché decir.
Sabiéndome al mando, obvié sus
suplicas y concentrado en dominarla, la horadé con mi lengua. Saborear su
néctar fue el detonante de mi perdición y tras conseguir sonsacarle un nuevo
orgasmo, me alcé y cogiendo mi pene, lo introduje lentamente en su interior. Al
contrario de la noche anterior, pude sentir como mi extensión recorría cada uno
de sus pliegues y profundizando en mi penetración, choqué contra la pared de su
vagina. Ella al sentirse llena, arañó mi espalda y me imploró que me
moviera. Nuevamente pasé de sus ruegos, lentamente fui retirándome y
cuando mi glande ya se vislumbraba desde fuera, volví a meterlo, como con
pereza, hasta el fondo de su cueva. Mariana, sintiéndose indefensa, no dejaba
de buscar que acelerara mi paso, retorciéndose. Pero no fue hasta que volví a
sentir, como de su sexo, un manantial de deseo fluía entre mis piernas cuando
decidí incrementar mi ritmo.
Desplomándose sobre las sabanas, la
mujer asumió su derrota y capitulando, mordió con fuerza la almohada. Como su
entrega debía de ser total y sin apiadarme de ella, la obligué a levantarse y a
colocarse arrodillada, dándome la espalda. Separando sus nalgas, unté su
esfínter con su propio fluido. Tras relajarlo, traspasé su última barrera y
asiéndome de sus pechos, la cabalgué como a una potrilla.
Gritó al ser horadada su entrada
trasera pero permitió que siguiera violentando su cuerpo, sin dejar de gemir y
sollozar por el placer que le estaba administrando. No tardé en llegar al
orgasmo y eyaculando, rellené con mi semen su interior. Ella, al notarlo,
se dejó caer exhausta sobre el colchón. Haciéndome a un lado, la abracé y en
esa posición, nos quedamos dormidos.
Jueves.
Me desperté sin ella a mi lado. Su
ausencia sobre mis sabanas me resultó dolorosa. Esa noche no solo había
disfrutado sino que había descubierto a una mujer tierna y cariñosa, a la vez
que fogosa. Eran las ocho de la mañana y todavía me parecía oír sus gritos de
pasión. Recordaba cada poro de su piel, cada caricia, cada beso y sobre todo su
olor. Aroma dulzón de fémina regado de deseo. Había sido la noche soñada con la
mujer más bella del planeta. Aunque había partido, al abrazar la almohada
quedaba su rastro.
Con el ánimo recuperado, me metí a
duchar. El agua, al caer cálida por mi cuerpo, me obligó a rememorar la humedad
de su sexo y deseando verla, me sequé y afeité con rapidez. Al vestirme en mi
cuarto, descubrí en el suelo uno de sus pendientes de perlas.
“Mariana no debió darse cuenta que se
le cayó”, pensé y recogiéndolo, me lo guardé para entregárselo, “con lo que es
con las joyas, debe de estar sufriendo”.
Como los otros días, la encontré
desayunando. Envuelta en una bata y sin peinar, seguía siendo preciosa.
Acercándome a ella por detrás, le di un beso en la mejilla y enseñándole el
tesoro que me había encontrado, dije sonriendo:
-Mira lo que perdiste anoche-.
Arrancando el pendiente de mi mano,
me fulminó con su mirada. No comprendiendo su actitud, pregunté qué pasaba:
-No solo abusó de mi estado, sino que
ahora, faltándome al respeto, me besa y para colmo se vanagloria de su acción,
mostrando mi olvido como si fuera un trofeo de caza. ¿De cuantas mujeres
decentes se ha aprovechado, usted?.
Como no me esperaba esa reacción, mi
cerebro tardó en asimilar el sentido de sus palabras pero, tras unos instantes
de indecisión, hecho una furia le contesté:
-¡Que yo abusé de ti!. Fuiste tú
quien, como perra en celo, me violó la otra noche y la que ayer, maullando y de
rodillas, se metió en mi cama-.
Incapaz de rebatir mi argumento, se
levantó y dándome un tortazo, me soltó:
-¡Le odio! y ¡no le permito que me
tutee!-.
-Disculpe la gran señora-, respondí
haciendo una reverencia, tras la cual, salí de la habitación sin despedirme.
Ya en el garaje, liberé mi cabreo,
pateando las ruedas del automóvil, mientras me recriminaba por haber creído que
esa mujer sentía algo por mí. Cuanto más lo pensaba, la indignación lejos de
disminuir se acrecentaba, al darme cuenta que era yo quien realmente albergaba
sentimientos por esa mujer.
“No es posible que esté colado por
esa chiflada”, torturándome, repetía una y otra vez, -¡Será guapa pero está
como una puta cabra!-.
Al coger el coche, decidí parar en un
bar a desayunar y a calmarme. No era bueno que, en la oficina, me vieran llegar
hecho un energúmeno. Buscando el consuelo del anonimato, elegí un bar nuevo, y
pidiendo un café, mojé mi frustración con un churro. No lo había terminado
cuando escuché el sonido de mi móvil. Al cogerlo, leí en la pantalla el nombre
de Mariana:
“¿Ahora que querrá esta petarda?”,
pensé mientras lo descolgaba.
Sin pedir disculpas, la mujer me
informó de los movimientos que quería que hiciera y tras hacer unos breves
cálculos, me ordenó que debía de vender lo comprado cuando las ganancias
superasen el cuarenta por ciento.
-¿Está segura?-, pregunté por la
barbaridad que creía que representaba hacerlo.
-Lo sabría, sin que yo se lo dijera,
si no dedicara toda su energía a pecar-.
-¡Váyase, USTED, a la mierda!-,
contesté colgando la jodida llamada.
No me cupo ninguna duda que mi
ofensa, aunque educado al no tutearla, debió hacer mella en ella y me arrepentí
en el acto. Que la viuda estuviera trastornada, no me daba derecho a
insultarla, no en vano era mi jefa o al menos la dueña de todo. Quizás ese
sentimiento de culpa, fue lo que me llevó a hacer caso de su sugerencia e
invertir un dineral en esa idea tan absurda nada más llegar a la oficina.
El día a día de la administración, no
me permitieron seguir el desarrollo de la bolsa hasta la una. Al fijarme en el
valor, alucinado, ordené a mi agente que hiciera liquida la inversión y que
traspasara los fondos a la cuenta de la empresa.
-Jorge-, me dijo al comprobar las
ganancias, -como sigas así, vas a tener una inspección. Aunque lo niegues,
estás usando información privilegiada.
-Si te dijera mi fuente, no me
creerías-, le dije tomándome a guasa su comentario.
-No estoy bromeando-, me cortó en
seco, -es un delito grave-.
-Lo sé-, contesté y despidiéndome de
él, me quedé recapacitando sobre su consejo.
Tenía razón. El porcentaje de
aciertos y el volumen de lo invertido podían llamar la atención del regulador.
Aunque no me apeteciera, debía de comentar con Mariana ese asunto y si quería
que siguiera haciendo caso a sus indicaciones, me tenía que confesar como
obtenía unos soplos tan certeros.
Fue entonces cuando caí en que no me
había dicho que quería a cambio, como seguía avergonzado y tampoco me apetecía
que repitiera la rabieta, decidí ir directamente a la joyería y comprarle algo.
Al llegar la dependienta me reconoció en seguida, y acercándose a mí, preguntó
qué era lo que quería:
-Algo bonito y caro-, respondí.
Con la visa en la mano, al ir a
pagar, no pude menos que sonreír:
“A este paso, antes que la
inspección, me nombran socio honorifico de esta tienda”.
Gracias a que casi no había casi
tráfico, tardé poco más de cuarto de hora en llegar. Encontré a Mariana en el
jardín, tomando el sol. Tuve que hacer un esfuerzo para no recrear mi mirada en
su figura. Ella, al verme me saludó como si no hubiésemos tenido una
bronca hace apenas unas pocas horas. Tratando de mantener la profesionalidad,
le expliqué mi charla con el agente de bolsa y directamente, le pregunté quien
le pasaba la información.
Al oírme, soltó una carcajada y
cogiéndome de la mano me llevó a la habitación que usaba de despacho. Nunca
había entrado a allí y pasmado, contemplé al menos una docena de monitores
retrasmitiendo en vivo los diferentes parqués del planeta.
-Por lo que me ha preguntado, John no
le comentó que hacía antes de conocerlo-.
-Pues no-, tuve que reconocer.
-Era la más joven analista de la
City. Estoy doctorada en Economía, Matemáticas, Políticas e Informática, además
de haber desarrollado los modelos matemáticos que hoy usan en la Bolsa de Nueva
York-.
-¿Entonces no existe tal fuente?-.
-¡Claro que no!. ¿Acaso ahora se da
cuenta que, en casa, tiene una mujer inteligente?-, contestó pero al darse
cuenta que podía malinterpretar su frase, se sonrojó avergonzada.
Cortado por haberla minusvalorado,
saqué el regalo y pidiéndole perdón, se lo extendí diciendo:
-Una joya para otra joya-.
Su cara mostró su felicidad y dándome
un beso, lo abrió para descubrir una tiara de diamantes:
-¡Se ha acordado!. Me daba vergüenza
pedirle nada después de la discusión de esta mañana-.
Volvía a ser la niña caprichosa que
tanto me gustaba. Aunque fuera rara e insufrible la gran mayoría de las veces,
era preciosa. O parafraseando a San Agustín: El placer de vivir con ella, bien
vale la pena de soportarla.
Como debía volver a la oficina, pero
quería alargar ese momento, le expliqué que debía de irme y no me podía quedar
a comer, en compensación le invitaba a cenar en un restaurante. Mariana se me
quedó mirando antes de contestarme. Algo en ella me dijo que no le apetecía la
idea pero, cuando ya creía que iba a reusar, me preguntó a qué hora tenía que
estar lista:
-¿A las nueve le viene bien?-.
-Perfecto-, me respondió, -así tendré
seis horas para prepararme-.
Camino de la oficina y aunque me costó
conseguirla, usando mis contactos, reservé en Gaztelupe una mesa
para dos.
“Espero que le guste”, pensé.
Al querer jugar sobre seguro, elegí
ese restaurante para ir a cenar porque está considerado uno de los mejores de
Madrid. Tiene dos problemas, lo caro que es y lo difícil que es conseguir una
reserva. Si no tienes amistad, te obligan a hacerla con dos meses de
antelación.
La tarde fue eterna, no dejaba de
pensar en esa mujer, múltiples preguntas se amontonaban en mi mente: ¿cómo ira
vestida?, ¿qué pedirá?... pero sobre todo, ¿Cuál de las Mariana irá?. Mi
principal duda era si me iba esa noche a encontrar a la mojigata, a la
encantadora o la fiera. Dependiendo de la que acudiera, la noche podía ser
fantástica o el mayor de los desastres. Por eso cuando abrí la puerta del
chalet, ya de vuelta, estaba expectante. Sabiendo que no tardaría en salir de
dudas, saludé en voz alta nada más entrar. Desde el piso de arriba, la escuché
decir que ahora bajaba y por eso, la esperé en el recibidor.
Al verla aparecer, me quedé sin
respiración. Llevaba puesto un espectacular vestido de noche de color negro y
en su pelo lucía la tiara que le había regalado. Por mucho que ya debía de
estar acostumbrado a sus cambios de humor y apariencia, la mujer que descendía
por la escalera era el ser más seductor que había visto en mi vida. Agarrada a
la barandilla, Mariana contoneaba todo su cuerpo cada vez que bajaba un
escalón.
Cuando casi llegaba a mí, se
trastabilló y si no llega a ser por que la sujeté en su caída, se hubiese pegado
un buen costalazo. Al levantarla, comprendí el motivo de su tropiezo:
-¡Está borracha!-.
Con los ojos vidriosos por el
alcohol, la muchacha lo negó diciendo:
-Solo he tomado un par de copas para
tener fuerzas para acompañarle-.
-No le comprendo-, contesté.
Antes de responder, se sentó en un
sofá y medio llorando, se trató de justificar:
-¡Coño!, ¡Me da miedo la gente!. ¿Se
ha quedado contentó ya?-.
Mi enfado se diluyó al oírla y
sentándome a su lado, acaricié su rostro diciendo:
-No tenía que haberlo hecho. Si me lo
hubiera dicho no me hubiese importado-.
-Pero es que yo quería agradarle. Vi
que le hacía mucha ilusión y por eso le dije que sí-.
Estuve a punto de besarla pero
sabiendo que me iba a arrepentir, en vez de ello, la cogí en mis brazos y la
llevé al sofá del cuarto de televisión:
-Nos quedamos-, y pensando en que
entretenernos, le pregunté, -¿Le apetece jugar al póker?-.
-¿Quiere perder?, soy muy buena-.
Fue tanta nuestra concentración que
la criada nos tuvo que traerla unos sándwiches, porque no nos apetecía levantar
la partida. Tres horas después y con tres cientos euros de menos en su
bolsillo, Mariana, medio picada, me dijo:
-Podía haberme advertido que era tan
bueno-.
-¿Ahora se da cuenta que, en casa,
tiene un hombre con muchas cualidades?-, contesté usando sus mismas palabras.
Al tanto de la burla, la muchacha,
muerta de risa, susurró a mi oído mientras me acariciaba la pierna:
-¿Cuáles son sus otras cualidades?-.
-No empiece-, le respondí, -es usted
una mujer maravillosa, pero no quiero que mañana vuelva a acusarme de abusivo-.
-Tiene razón, mejor vayamos a dormir.
Pero le tengo que pedir un favor, ¿confía en mí?-.
-Si-.
-No me ate…-.
-No pensaba hacerlo- le interrumpí.
-Por favor, déjeme terminar-,
protestó y mirando al suelo, prosiguió diciendo: -Quiero dormir en su cama.
Prometo portarme bien-.
Estuve a un tris de negarme. Temía
tanto a la noche con ella como a su reacción posterior por la mañana, pero mis
defensas quedaron en nada al advertir que dos gruesos lagrimones corrían por
sus mejillas.
-De acuerdo, con una condición, ambos
lo haremos vestidos-.
Saltando de alegría y mientras
salía de la habitación, me pidió que le diera un cuarto de hora.
Sin saber si había hecho bien, me
serví una copa. Fueron los quince minutos más eternos de cuantos he vivido.
Siendo sincero, el problema era mutuo, no estaba seguro que teniéndola a mi
lado, no fuera yo quien buscara algo más y por eso, iba francamente acojonado
cuando subí por las escaleras.
Mariana me esperaba de pie en mi
habitación. Sin pedirme permiso, había cogido de mi cajón un pijama y se lo
había puesto:
-Perdona pero es que todos mis
camisones son muy sugerentes-.
-No hay problema-, le respondí sin
aclararle que, vestida así, parecía una niña traviesa y eso era si cabe todavía
más excitante.
Entrando al baño, me cambié
rápidamente y para cuando salí, Mariana se había metido en la cama. Tanteando
el terreno, pregunté:
-¿Está segura?-.
-Nunca he estado más segura-.
Cruzando mi Rubicón particular,
apagando la luz, me tumbé a su lado. Ninguno fue capaz de hablar durante cinco
minutos. Ya estaba adormilado cuando escuché que me decía:
-Abrázame, por favor-.
Con mucho miedo, obedecí, tomándola
entre mis brazos. Con su espalda contra mi pecho, evité que mi mano rozara sus
pechos.
-Gracias-, dijo y posando su cabeza
en la almohada, no tardó en quedarse dormida.
Viernes.
Cuando me dormí la noche anterior,
supuse que al rayar el alba ella habría desaparecido pero no fue así. Esa
mañana, amanecí con ella todavía entre mis brazos. Disfrutando del momento,
acaricié su pelo y sin moverme, deseé que ojalá no se acabara nunca.
“Me podría acostumbrar a esto”,
triste rumié al pensar que en cuanto se levantara, me iba a montar otro
escándalo.
Mariana tardó todavía media hora en
despertar y cuando lo hizo, se dio la vuelta mirándome sin hablar:
-Buenos días, bella durmiente-,
susurré rompiendo el incómodo silencio.
-Buenos días, príncipe encantador-,
contestó y acercándose a mí, me besó.
Lo que en un principio fue un beso
tierno, fue cogiendo intensidad y antes que nos diéramos cuenta estábamos
desnudos. A plena luz del día, era todavía más bella. Su cara irradió felicidad
al sentir que bajando por el cuello, mi boca se apoderaba de su pezón.
-Lo necesitaba-, dijo dándome
entrada.
Sin poderme retener, acaricié su
trasero mientras mordía su otra aureola. La mujer respondió pegando el pubis a
mi sexo sin parar de suspirar. “Es increíble, no acabamos de empezar y ya está
empapada”, pensé al sentir la humedad que fluía de su entrepierna. Azuzado por
su excitación, le separé las piernas y cuando me empezaba a deslizar para tomar
posesión de su sexo con mi boca, me paró:
-Déjame a mí-.
Mariana me obligó a tumbarme
boca arriba y poniéndose encima, empezó a besar mi pecho. Cogiendo un pezón
entre sus dedos, su otra mano me acarició mis testículos. Multiplicándose su
boca mordisqueó mi torso en dirección a mi sexo. Éste esperaba erguido su
llegada. Usando su larga melena a modo de escoba, fue barriendo mis dudas y
miedos, de modo que, cuando sus labios entraron en contacto con mi glande, la
seguridad de mis sentimientos era superior a mi pasión. Ella ajena a mi
reflexión, estaba con su particular lucha e introduciendo a su adversario hasta
el fondo de su garganta, no le dio tregua. Queriendo vencer sin dejar
prisioneros, aceleró sus movimientos hasta que, desarmado, me derramé en su
interior. No permitió que ni una sola gota se desperdiciara, como si mi
semen fuese azúcar y ella una golosa empedernida, se bebió mi néctar e incluso
limpió cualquier rastro que todavía pudiese tener mi extensión.
Sus labores de limpieza
provocaron que me volviera a excitar. Ella, mirando mi sexo erguido, se pasó la
lengua por los labios y sentándose a horcajadas sobre él, se fue empalando
lentamente sin separar sus ojos de los míos.
-Si te mueves, te mato-, gritó
mientras contorneando las caderas parecía succionarme el pene. Forzando y
relajando después los músculos, daba la sensación que en vez de vagina esa
mujer tuviera un aspirador.
Me había prohibido moverme pero no
dijo nada de mis manos y por eso, cogiendo un pecho con cada una de ellas, los
apreté antes de concentrarme en sus pezones. Al oír que los gemidos de mi
compañera, recordé que le gustaban los pellizcos y apretando entre mis dedos
sus aureolas, busqué incrementar su goce. Paulatinamente, su paso tranquilo fue
convirtiéndose en trote y su trote en galope. Con un ritmo desenfrenado y
cabalgando sobre mi cuerpo, sintió que el placer le dominaba y acercando
su boca a la mía mientras me besaba, se corrió sonoramente sin dejar de
moverse. Su clímax llamó al mío y forzando mi penetración atrayéndola con mis
manos, eyaculé bañando su vagina.
Abrazados, descansamos unos minutos.
Ya recuperada, me dio un beso y dándome las gracias, se levantó de la cama,
dejándome solo. Sin comprender sus prisas, decidí ducharme. Había sido una
noche maravillosa, una mañana perfecta y de pronto esa mujer me abandona a mi
suerte.
Sabiendo que no había forma de
cambiarla, abrí el agua caliente y me metí debajo. Estaba todavía enjabonándome
cuando escuché que Mariana entraba y se sentaba en la taza.
-Jorge, tenemos que hablar esto no puede
continuar así-.
-No sé a qué te refieres, explícate-
le dije, encabronado.
-Mira, desde bien joven he tenido una
sexualidad extralimitada, pero siempre he conseguido controlarla gracias a una
estricta moralidad. Con mi marido, durante el día la tenía apaciguada y solo
por la noche, me dejaba llevar por ella. Pero contigo todo se me ha ido de las
manos. Las primeras noches, te busqué aunque sabía que al día siguiente me iba
a sentir mal, pero desde entonces me da igual que sea mañana, tarde o noche,
solo saber que estás cerca me hace mojarme sin control y si a eso le sumamos
que eres el hombre más adorable que he conocido, no lo puedo soportar. ¡Esto se
tiene que acabar!-
-Y ¿Qué quieres hacer?-,
respondí temiendo que me echara de su casa.
-Casarme contigo. Es la única forma
de poder estar contigo sin martirizarme por ceder al deseo-.
-¿Lo dices en serio?, ¿me estás
pidiendo que sea tu marido?-, respondí.
-Si-.
Sin pensármelo apenas, contesté:
-Acepto con dos condiciones: la
primera es que me lo pidas de rodillas y la segunda es que me enjabones la
espalda-.
-Eres bobo-, contestó metiéndose
vestida bajo la ducha, -bésame-.
Epilogo:
Esa tarde había quedado con el
abogado para que me diera la segunda carta de John. Al contrario que la vez
anterior, no estaba nervioso. Nada de lo que dijera, me podía resultar extraño
después de esos cinco días con su viuda. De todas formas, al abrir el sobre,
tenía curiosidad:
“Jorge:
Como llevas viviendo con Mariana
cinco días, no tengo que explicarte nada de sus rarezas, pero aun así
creo mi deber aconsejarte. Mi querida viuda es bipolar sexual, por las mañanas
está dominada por su educación y por la noche por el sexo. Cuando la conocí, no
era tan acentuado pero se le ha ido incrementando con los años. Ahora es
incapaz de estar más de tres días sin follar, por lo que me imagino que tu
primera noche en mi casa debió ser de antología. No te guardo rencor por ello,
me haces un favor. Aunque la quiero, o mejor dicho la quería, no la soporto y
por eso para descansar, la he convencido de dormir atada. La única forma de que
lleve una vida medio normal es que un papel bendiga su lujuria y por eso a la
semana de conocerla, le pedí que se casara conmigo. Creo que tú debes
hacer lo mismo, pero como soy un cabrón te he puesto en un brete. Si le pides
que se case contigo, la arruinas ya que se quedaría sin un duro y si no lo
haces, tendrás que soportar a una mujer completamente desequilibrada durante
dos años.
Te preguntarás porque te elegí a ti.
No fui yo, fue ella que hace menos de seis meses empezó a darme la barrila con
que llevaba una vida de mucho riesgo y que ella necesitaba un hombre si yo
faltaba. Al preguntarle si tenía un candidato, te eligió a ti. Según ella,
porque eras honesto pero creo que su elección tiene mucho que ver con que un
día, me escuchó reírme del enorme tamaño de tu miembro.
Ya que estaré muerto cuando leas
esto, espero haberte hecho la puñeta.
¡Que te jodas!”
Tirando la carta a la papelera,
sonreí. John podía ser rico pero sus actos me demostraban que la verdaderamente
inteligente era ella. Lejos de conseguir su propósito que era hundirme, esa
carta me hizo feliz, al darme cuenta que mi amigo fue un idiota que no
consiguió entender jamás a su mujer. Ella lo único que necesitaba además de
sexo era cariño y él no se lo había dado. Por lo que en vez de minorar su
problema, no hizo más que incrementarlo.
Yo no iba a cometer ese error.
Saliendo del despacho del abogado, mi
futura esposa me preguntó:
-Que decía-.
-Nada en particular, me aconsejaba
que te pidiera en matrimonio aunque eso te dejara sin un duro-.
-Será cabrón-, contestó al oírme.
-Más bien, ignorante. No cayó en que
te educaste como evangélica y que si nos casábamos por tu iglesia, ese
matrimonio no tendría validez legal en España-, respondí y soltando una
carcajada, pensé:
“Pedrito, me quedo con la pasta y la
mujer”.
.jpg)



0 comentarios: